jueves, 28 de octubre de 2010

Aquella noche...

Hace apenas una semana que volví a acostarme con el imbécil de mi ex. Y las cosas van de mal en peor, de frustrantes a desconcertantes.

Aquél no había sido mi día. Pasé no menos de cuatro horas dando vueltas por el backstage esperando a ese capullo de productorzucho, y total, ¿para qué? Un polvo rápido y fuera de la limusina, bonita. No me dejó hablar. Ni tan siquiera pude hacerme publicidad… maldito eyaculador precoz… ¿Cómo se puede ser así? Si no eres bueno en el asiento trasero, al menos da conversación. Nada. Me moría del asco mientras avanzaba por el asfalto mojado que reflejaba diminutos destellos de neón en su agua. Al menos ese desgraciado me había dejado cerca de casa. Me metí por la calleja de siempre, iba sola con el ruido de mis tacones cuando de pronto vi a alguien. Llevaba un sombrero de ala ancha y un traje de chaqueta tan bonito como caro. “A lo mejor aún se puede sacar algo provechoso de esta noche que aún es joven… pobrecillo, parece frustrado -me dije- Mejor, así todo será más fácil…”. Me acerqué a él, no estaba demasiado segura pero parecía que la suerte le había sonreído aún menos que a mí. Confiaba en mi misma. Me apoyé en la pared de ladrillo de la forma más sensual que pude. Estaba a apenas dos palmos de él, realmente parecía cabreado con la vida, seguramente necesitado de compañía femenina tan estupenda como la mía.

- ¿Deseas que te haga compañía? - pregunté.

- Sólo si es gratis.

Me quedé desconcertada, ¿qué clase de respuesta era esa?, ¿qué me estaba llamando realmente? Además, su voz era femenina, sensual, muy grave… pero voz de mujer al fin y al cabo. Sólo habían sido cuatro palabras y yo ya no pensaba con claridad alguna…

- Claro - recuerdo que contesté con una sonrisa, como si fuese la cosa más natural del mundo, como si verdaderamente nunca hubiese pensado en dinero. ¿Qué diablos estaba haciendo? ¿En verdad le estaba diciendo que sí a una mujer? No lo sé, no sabría explicarlo. Supongo que me sentía abatida y sola; simplemente no pude negarme.

Entonces ella levantó la cabeza para mirarme con detenimiento. Uno de sus ojos era oscuro, en el otro llevaba una lentilla de color azul pálido; eran rasgados. Miraba con extrañeza y me pareció atisbar un cierto matiz de soberbia. A ambos lados de su rostro caían lisos mechones negros como la oscuridad de noche. Se esforzó por sonreírme. Llevaba los labios pintados de oscuro, aún recuerdo el sabor de su carmín… y dos brillantes aros plateados, uno a cada lado. Puso sus manos cubiertas con guantes de cuero a ambos lado de mí para hacerme subir un poco la cabeza y me besó con avidez.

Me dejé hacer, era demasiado tarde para echar a correr. ¿Cómo me sentí? No sabría explicarlo… en parte sorprendida, avergonzada y encantada. Nunca antes había besado a una mujer; ni a alguien con tres piercings tan juntos. Es… no sé, simplemente diferente. Una parte de mí opina firmemente que era guapa y besaba bien… pero creo que sólo es una estúpida búsqueda de explicación a lo pasó; aunque tal vez sea cierto.
- ¿Quieres que vayamos a tomar una copa? - Supongo que lo pregunté porque ciertamente necesitaba un cambio de ambiente, una excusa para huir de su abrazo, tiempo improvisado para reflexionar acerca de qué coño estaba haciendo realmente.

Ahora que lo pienso, es lógico que me dijese que sí. No sé por qué en aquel momento me sorprendió; puede que en fondo estuviese deseando una negación, eso me hubiese ahorrado unos cuantos quebraderos de cabeza.

Dirigí mis pasos al pub de mala muerte que hay en la esquina. Ella me seguía de cerca, podía sentirla caminar a mi espalda con ligereza y rapidez, silenciosa como un gato. Se me adelantó cuando alcanzamos la puerta para sostenérmela; muy amable por su parte. Entré a aquel habitáculo de aire irrespirable por el humo, el olor a tabaco me persiguió durante días. Estaba, como siempre, mal iluminado con luces de todos los colores y la música desfasada sonaba demasiado alto. Ambas nos abrimos paso entre la fauna autóctona, a pesar de su variedad y rareza ambas desentonábamos, ella con ese aire de elegante y sofisticada, yo con mi torera y mi minifalda importadas de los ochenta. En un rincón poco ruidoso para lo que era el ambiente general me detuve. Había un sofá, presumiblemente de diseño, de un color rojo que hace daño a la vista, demasiado mullido para levantarse con facilidad de él pero bastante cómodo para dejarte abducir por su tela aterciopelada. Me senté, o más bien me hundí en él y ella hizo lo mismo después de mí. La situación resultaba embarazosa, no sabía muy bien qué decir o qué hacer. Apenas me atrevía a mirarla, pero cada vez que hice la locura de dejar mis ojos sobre ella la encontré abstraída con el ambiente, curioseando alrededor. No sabría decir si disfrutaba con el desfile de personajes o cavilaba en sus propios asuntos sin prestar atención. Nuestro incómodo silencio, llenado por la música, se vio de pronto interrumpido.

- ¿Qué desean tomar?

- Caribean Coffee

Lo más inteligente que se me ocurrió pensar fue “¿café a estas horas? Qué rara”. Por mi parte pedí wiskys. No sé cuántos. El primero fue para perder un poco el corte y conseguir mirarla a la cara. El segundo lo necesité para poder volver a dirigirle la palabra. Y los demás… los atribuyo a la inercia y a lo absurdo de la situación.

No recuerdo de qué estábamos hablando cuando apoyó su cabeza sobre mi hombro. Sentí un escalofrío, como si debiese huir y estuviese paralizada.

- Hummm… hueles a hombre - me susurró con los labios demasiado cerca de mi cuello - … una pena que tengas cara de no estar satisfecha...

Empezaba a no soportar el timbre de su voz. Nunca me ha gustado la gente que va de lista, que cree conocerte con solo mirarte. Vale, ella tenía razón, felicidades por su juicio. Pero no tenía por qué comentarlo, ella también olía a perfume masculino y yo no dije nada. Aunque empiezo a pensar que en su caso era su fragancia de uso común.

Estaba debatiéndome, dentro de lo que mi ebrio estado me permitía, entre si lo desconocido despertaba mi curiosidad o mi aversión cuando noté su mano sobre mi muslo. Tenía los dedos largos, las manos finas, las uñas pintadas… ¿Sólo podía mirarla?

- Oye…

- Dime.

Estaba tan cerca…

- Podíamos subir a mi piso, vivo muy cerca de aquí - De nuevo una maniobra ilógica de evasión, de nuevo un cambio de lugar… no era consciente de mi retroceso, de que perdía terreno en vez de ganarlo, de que me estaba acorralando yo sola.

Seguía tan cerca… pareció pensárselo por un instante. Se retiró lentamente de mí…

- De acuerdo, pero permíteme invitarte… - se levantó y se acercó a la barra.

Soy tan estúpida que me sentí bien por saber ir de gratis por la vida, como si controlase la situación. Por favor, si fue ella la que quiso invitarme. Tendré que trabajar en lo de dejar de mentirme a mí misma; creo que no me lleva a ninguna parte.

Salí afuera. Necesitaba oxígeno, aunque fuese sólo un poco. Todo me daba vueltas y no era el alcohol. Qué maniobra tan mala. No me había dado cuenta de que la noche estaba refrescando hasta ese momento. Instintivamente me puse a hacer la cosa más básica que me dicta siempre mi instinto: revisar las tapas de mi calzado. Estaba en ello cuando ella salió colocándose de nuevo el sombrero y atusándose la chaqueta. Se detuvo a unos pocos pasos.

- ¿Vamos?

Asentí y eché a caminar con tan mala suerte de tropezar. Hace años que uso tacones y las veces que se me ha doblado un pie pueden contarse con los dedos de una mano; pero ahora, con uno más. Debió de resultar patético, tanto que ella se volvió para ayudarme. Me moría de vergüenza, y eso que me recuperé; si hubiese llegado a caer al suelo todavía estaría escondida tras un guijarro. Estaba bien, no me había hecho daño en el tobillo… pero ella no volvió a soltarme. Se quedó con un brazo rodeando mi cintura hasta que alcanzamos mi portal. En nuestro corto camino no hubo un solo cruce de palabras. Tampoco la más mínima luz fue arrojada sobre mis ideas. Mi mente estaba incluso más oscura que mi portal y eso que las farolas circundantes están estropeadas y hace meses que no funcionan. Me separé de ella y empecé a buscar las llaves. No aparecían. Habían caído en un lugar muy recóndito del bolso o yo estaba demasiado nerviosa como para dar con ellas a la primera. Acabé por rebuscar frenética, parando en seco cuando sentí su mano sobre la mía. Volví la cabeza, acercó sus labios a los míos y volvió a besarme, apoyando su mano en mi cuello y bajándola. Cuando se hubo separado fui yo quien buscó el contacto de nuestras lenguas; empezaba a resultarme agradable.

- ¿Te ayudo a buscar las llaves? - Susurró, sus palabras se estrellaban contra mi oído… cuando noté el frío metal del llavero en contacto con mi mano. Saqué las llaves rápidamente y me apresuré a darme la vuelta y abrir el portal. Me fallaba el pulso, una y otra vez, no atiné con la cerradura hasta que me ayudó. Me sentí estúpida y pasé tras ella, que una vez más me cedía el paso. Apreté los puños y caminé con decisión, el corazón se revolvía intranquilo es su encierro de huesos, ni siquiera me acordé de dar la luz. Trepé instintivamente los cinco escalones de mármol, pero me detuvo cuando me disponía a ejecutar mi sprint final hacia el ascensor. Cruzó sus brazos por delante de mi cintura y me trajo hacia ella, dejando que perdiese toda gana de seguir fugándome. Me mordía con suavidad el cuello mientras me metía mano por la palabra de honor del vestido. La llevé hasta el estrecho sofá de cuero que hay en mi portal, o tal vez fue ella… no, debí de hacerlo yo… no lo recuerdo, pero no se me ocurre la forma de que ella lo encontrase en la oscuridad. Me dejé caer de espaldas y ella vino sobre mí, recorriendo mi piel, haciéndome reaccionar bajo el roce de sus dedos. La escuchaba respirar tan cerca… su mano subiéndome el vestido… sus mechones haciéndome cosquillas… su mano bajo mi ropa… haciéndome callar con besos cada vez que no podía evitar gemir demasiado alto. Me dejé llevar hasta el final todo lo que ella quiso, puede que aún más, incluso. La estreché con fuerza entre mis brazos, ella me repartía besos por la cara. Trataba de recuperar el aire que me faltaba, pero me sentía bien; aunque el más mínimo ruido en la escalera me hubiese borrado de las reuniones de vecinos para siempre jamás.

Lamenté que se retirase de mí, en aquellos momentos no debía ser muy consciente de dónde estaba realmente. Me colocó la ropa con especial atención, se incorporó y me tendió la mano con una sonrisa.

- ¿Vienes?

Parecía sorprendida de no verme reaccionar. De hecho tardé unos instantes en servirme de su brazo para levantarme. Caminé cabizbaja hasta el ascensor y accioné el botón. Ya no tenía tanta prisa, estaba con la mente en blanco, intentando reaccionar. Cuando llegó el ascensor al bajo seguí con la vista el primer haz de luz que advertía desde hacía rato. Cuando la iluminó seguía perfecta y entera, con el sombrero entre las manos. Me aparté, podía adivinarlo… iba a abrirme la puerta. Y lo hizo. Llamé al quinto y me recosté contra una de las paredes. Sentía que no tenía fuerzas para nada, iba a necesitar acopio de valor hasta para entrar a mi casa. Debía de vérseme mala cara, porque me preguntó:

- ¿Estás bien?

- Por supuesto - Con la mirada fija en el suelo de goma del ascensor. Debí de resultar muy convincente.

Mi extenuación parecía estar inundando las cuatro paredes del pequeño habitáculo cerrado, tanto que pareció conmovida y se acercó para abrazarme. Cerré los ojos contra su camisa de lino, me molestaba la luz… me molestaba todo. Sólo quería un lugar donde descansar. Decir que ese lugar era su pecho me resulta tan asquerosamente empalagoso que no lo diré.

- Ha sido… estupendo - Mascullé. Fue mi inteligentísimo comentario de la jugada. Qué vergüenza por favor… no sé ni cómo tuve valor de decir algo así… bueno, qué digo, lo que no sé es como aquella mujer tuvo la entereza suficiente para no reírse en mi cara. Si yo hubiese sido ella ya estaría partida por el suelo. Me queda pensar que tiene bastante más educación que yo. O bastante menos humor.

Sonó el timbrecillo cutre que siempre avisa cuando paras en un piso. Agarré las llaves con fuerza, no tenía ganas de otro numerito: no necesitaba nadie más indicios de mi estupidez plena. Avancé sin dar la luz; no hizo falta, la dio ella mientas yo revolvía en la cerradura. Recorría con la vista todos los rincones del rellano, curiosa pero inexpresiva, adivinar qué pasaba por su mente era una misión imposible. Cuando giré el pestillo y empezó a abrirse la puerta me asaltaron de pronto incontables preguntas que no habían tenido valor para aparecer hasta entonces. ¿Era sensato continuar con todo aquello? ¿Realmente le estaba cogiendo gusto? ¿Qué iba a hacer ahora? “Mira aquí tienes el baño, aquí guardo las toallas… oh, qué pena que no me sobre un cepillo de dientes…” Por Dios, cómo iba a entrar así. Ya bastante mal estaba quedando… y la opciones para salvar la situación no eran escasas, sino nulas. Mientras pensaba qué hacer seguí, cómo no, con mi tónica muda. Dejé mi cazadora en el perchero, a duras penas atinando a colgarla. Escuché como ella hacía lo mismo, debió dejar allí la chaqueta y el sombrero. Pasé por el salón sin detenerme, pobre Odo, no le dije ni buenas noches. Pasé también de largo por la habitación hasta recluirme en el baño. Aproveché, entre otras cosas, para lavarme la cara con agua helada. Cerré lentamente el grifo, reuniendo ánimos. Valor… huir como una rata es algo deplorable… venga… bueno, al fin y al cabo creo que yo soy deplorable en algún aspecto. Mejor no pensar eso en aquel preciso momento. Con la de tiempo que tiene una persona en la vida para insultarse… me iba por las ramas. Deseaba salir tanto como quedarme encerrada; solo que lo segundo no era una opción.

Cuando abrí me la encontré frente a mí, sentada en la cama. Pobre de ella, debía estar alucinada con mi actuación, aunque bueno, no tan desorientada como yo seguro.

Se levantó deprisa y, esquivándome, pasó al baño cerrando la puerta. ¿Estaría molesta? Suspiré; tampoco podría hacer gran cosa si así era. En cierto modo me sentí apenada, me estaba comportando como una estúpida… probablemente ella no se merecía haber ido a dar con alguien como yo, tan poco despierta, tan cortada, tan aletargada. Además había pasado de ella tan malamente que había tenido que acomodarse por su cuenta. Seguía autocompadeciéndome mientras me descalzaba y me tumbaba en la cama echa un ovillo, encogida y temblorosa por todo.

Me sobresalté al oír la puerta. Contuve la respiración, me quedé absolutamente quieta, como si estuviese huyendo de la cacería de un Tiranosaurus Rex hambriento… sólo que éste veía excelentemente en la oscuridad, incluso objetos quietos e inanimados, como era yo en ese caso. Se sentó unos instantes al borde de la cama para descalzarse. Cerré los ojos e intenté acallar el latido estruendoso de mi corazón, me molestaba su sonido, tanto que conseguía levantarme dolor de cabeza. Relajación… ¿Cómo podía tardar tanto tiempo en quitarse los zapatos? A lo mejor… no estaba haciendo eso… se estaba pensando una excusa para poder largarse o estaba decidiendo qué hacer con un caso tan patético como el mío. No podía esperar más, cada segundo se convertía en una eternidad contemplado desde el pozo de la incertidumbre. Venga… ¿qué estaba pasando? Por fin pareció moverse, tumbarse a mis espaldas. Me sujetó con firmeza por el hombro y me dejé volver hacia ella. Me miró directamente a los ojos.

- Sonríeme. Por favor.

Juraría que ya lo estaba haciendo para cuando me lo dijo, pero me confirmé en ello; una muy pequeña parte de mí se alegraba de que no estuviese enfadada, aunque nunca lo admitiré. Me besó con calma, de forma más prolongada que las anteriores. Mientras, sus manos deambulaban por mis prendas, entreteniéndose en los cierres, con tranquilidad, retirándome la ropa de forma casi imperceptible, aunque era consciente de ello me sorprendí a mí misma porque no me importó en absoluto. Vagamente intenté contraatacar, deshice el nudo de su corbata con grandes esfuerzos y desabroché su camisa. Me pareció que mis torpes manos tardaban horas en abrir cada botón, acumulando un poco más de impaciencia cada vez, impaciencia que daba de comer a mi nerviosismo hambriento de motivos para robarme el pulso y el aliento. Me sorprendió posar la mano sobre una estructura rígida que hasta que no hube palpado por unos instantes no la identifiqué con un corsé. Parecía de satén, recuerdo que tenía puntillas y que el sistema de cierre parecía necesitar un mapa para localizarlo y un manual de instrucciones para abrirlo. Demasiado tarde. Me cogió las manos delicadamente y las guió hasta posármelas sobre la almohada. Aquel asalto había terminado, se saldó conmigo desnuda y con ella descamisada. Me quedó claro quién era la más rápida. Suspiré resignada, ¿qué podía hacer sino?

Me faltaba el aire y temblaba como un animalito indefenso que aguarda intranquilo un destino irremediable cuyo control escapa por completo de su alcance. No sabía hacia donde desviar mis pensamientos, cualquier destino se presentaba incierto. Aguardar. Aguardar y procurar no morir de la histeria. Eso era todo.

Me mantuvo unos instantes sujeta, firmemente aunque con sutileza, y eso que en ningún momento intenté revolverme, mi espíritu luchador había dado demasiado de sí durante el día y debía de estar aletargado en algún rincón lejos de la vista. Cuando comenzó a lamerme el cuello retiré la cara y cerré los ojos con fuerza. Ella seguía bajando y yo cada vez estaba más intranquila y, sería inútil negarlo, más a gusto. El deslizar sutil de sus uñas recorriendo mis brazos hizo que se me pusiese el vello de punta. Sus manos pasaron a mis costados mientras me repartía besos por el pecho. Era curiosa la sensación de la húmeda esferita metálica por mis pezones. Me sentía morir de vergüenza, agradecí que la oscuridad de la habitación cubriese mi rubor ocultándolo en la oscuridad.

Teniéndola tan cerca y entretenida hice de quitarle el corsé una ocupación para mi ansiedad. Subí las manos despacio, casi furtivamente, tratando de investigar sin ser descubierta. Ingenua de mí, creía ir de incógnito cuando su mano llevó a las mías hasta la hilera de corchetes que cerraban aquella estructura tan ceñida, justo en el centro de la espalda. Se debía de adivinar mi torpeza, por lo que me ayudó. Los corchetes me ponían aún más enferma que los botones: tenía poco espacio para maniobrar, me costó horrores que no se me escurriesen… fue casi un milagro no dejarme alguna uña en el intento. Mientras yo luchaba con uno ella desabrochaba tres, se notaba por lo hábil que estaba entrenada. O a lo mejor es un asunto genético como el del cromosoma Y y los sujetadores, tendré que mirarlo. Creo que esta segunda vez se dejó porque maniobrar y respirar con el corsé debía de estar empezando a resultarle incómodo, ¿por qué lo llevaría? Si tenía una silueta muy bonita, el pecho grande, la cintura estrecha, las caderas anchas… y con aquello puesto no se apreciaba nada. Conozco a muchas mujeres que cambiarían su cuerpo por uno así sin pensarlo, probablemente me uniese hasta yo con ese complejo que tengo por mi talla de sujetador.

Una vez más libre, retiró el corsé y continuó recorriendo cada centímetro cuadrado de mi cuerpo. La notaba cálida sobre mí, le cogí gusto al contacto de su piel ardiente y aterciopelada; mis ojos bajaban despacio por la curva de sus hombros descubierta por la camisa que poco a poco, a cada movimiento, iba perdiendo su posición. Quería complacerla pero estaba demasiado aturdida como para hacer algo a parte de permitir que se sirviese a su gusto de mi cuerpo…aunque claro, no caí hasta mucho tiempo después en que no era la opción más correcta al tratarse de una mujer. Supongo que tenemos algunos comportamientos automatizados y tomamos ciertas actitudes sin reflexionar, sin saber muy bien por qué. De todas formas no parecía disgustarle mi actitud pasiva, al contrario, parecía complacerse con ello casi más que yo.

Objetivamente tocaba, besaba, chupaba y mordía poco, se trataba de un contacto mínimo dirigido por la puntería más certera. Me resultaba increíble lo que era capaz de conseguir con unas simples caricias en los lugares adecuados, logró hacer que me estremeciera, que disfrutara… y que cada vez quisiera más. Lo bueno es que no hacía falta pedírselo, parecía adivinar mis deseos, intuir mi apetencia, moverse en armonía, obedecer en consonancia.

Se acomodó a mi lado, lamiéndome el cuello mientras bajaba la mano por mi torso, deslizándola entre mis piernas. A medida que se habían ido desarrollando los acontecimientos había ido consiguiendo vencer a la timidez, me ayudaba estar en mi terreno, rodeada de mis cosas, y no conocerla de nada en absoluto. Aunque entonces no imaginaba que iba a echar de menos algún dato orientativo. Llegué a sumergirme en la situación de forma que la tensión ambiental sólo me afectaba de manera benigna. La verdad es que pocas veces me había visto tan libre, tan yo misma. Sus cambios de ritmo no tardaron en llevarme al orgasmo. Aunque estaba exhausta asomó por mí un creciente sentimiento de culpabilidad. Me volví hacia ella, que se había acomodado y yacía con los ojos cerrados, hice amago de explicarme, pero antes de que pudiese soltar una sola palabra me besó y me dio las buenas noches. Así que me dejé arrastrar por mi sentimiento de abandono, y cogí postura sobre su brazo. La noche era fresca, se estaba bien tapada bajo la manta, el cielo llenaba con luz azul la situación y la respiración de ella, lenta pero constante, me ayudaba a recuperar el ritmo normal de la mía. Tenía una sensación agradable y estaba cansada, de modo que no tardé mucho en quedarme profundamente dormida. Mejor, así no me daba tiempo a comerme la cabeza con ninguna tontería.

A la mañana siguiente entreabrí los ojos. Mi cuarto estaba inundado por la luz blanquecina del amanecer en invierno. Veía borroso y me dolía la cabeza, pero en cuanto me moví, supe que estaba sola. Respiré hondo, casi aliviada. La confusión de estar recién levantada me ayudó a ilusionarme por un momento con la idea de que todo había sido un sueño. Me incorporé pesadamente, parpadeé y me froté los ojos hasta disipar la neblina que los empañaba. Una flor y una carta en la almohada de al lado confirmaron la realidad de los hechos. No quería leerla, no quería saber nada… pero la curiosidad me pudo y me empujó a recorrer los renglones azul tinta…

Buenos días, preciosa. Lamento no estar junto a ti en este momento, pero mis deberes me obligan a irme.
Muchísimas gracias por lo de anoche, fue maravilloso, lo necesitaba.
Espero que encuentres pronto lo que buscas.
A tus pies,

El Príncipe de las Orquídeas.


¿Trabajar un domingo? ¿Tan pronto? Volví el papel esperando encontrar un nombre, una dirección, un teléfono o algo… pero allí no había nada. Lo dejé de nuevo en su sitio y me quedé observando la flor… una orquídea naranja (tardé tiempo en coger el chiste) bastante grande y de forma extraña, seguramente de algún género poco común. Me embobé mirándola hasta reunir las fuerzas suficientes para salir de la cama. El baño estaba como siempre, con cada cosa en su sitio… pero la particular humedad me llevó a preguntarme si se habría duchado. Por un momento me sentí estúpida tratando de buscar algo relacionado con ella en el vaho del baño. Me dirigí a la cocina, cogí un par de tostadas, un vaso de zumo y me fui al sofá. Comía sentada mientras Odo me observaba con envidia. Le di un pedazo y divagué con él un rato. Aunque en el fondo me jode porque pienso que sólo me escucha a cambio de comida. O que no me escucha realmente. Eso me pasa por hablarle a un hámster.

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