domingo, 7 de diciembre de 2014

Artyom, mentiroso profesional



Soy un mentiroso profesional. Un auténtico traficante de sonrisas y lágrimas. A veces las quito, a veces las doy. Pero nunca son mías.



El escritor puede desahogar todas las turbaciones de su alma trazando palabras con una pluma, así como el pintor da formas y colores a sus sentimientos sobre el lienzo. Yo, en cambio, no tengo derecho a manifestar mis propias emociones. Porque le presto mi voz, mi cuerpo y mi alma a otros. A otros que nunca conocí… a otros que quizás nunca fueron. Pero que viven dentro de mí.



Así, he sido un rey, una princesa del espacio profundo, un poeta, un asesino. Mis hijos han tenido mil nombres y mil caras. Así como mis esposas, mis mejores amigos… y mis archienemigos. Los he besado, los he vengado, los he traicionado y los he amado a todos ellos día tras día. Noche tras noche. Una y otra vez, en un ciclo que parecía no tener fin… 



Pero un día desaparecen, todos ellos. Y yo soy alguien distinto, moviéndome por una ciudad totalmente nueva. Ya no recuerdo quién fui hace un mes, hace una semana… o hace unas horas. Sólo conozco aquello que me rodea, a aquellos quienes me rodean.



Hay quien piensa que mi mundo es un sueño. Y, aunque no lo es, precisamente mi trabajo consiste en que lo parezca.



Pero para construir los sueños hace falta mucho esfuerzo, mucha dedicación, muchos sacrificios. Por eso éste no es un oficio frívolo, como otros creen. Todo lo contrario, tengo una gran responsabilidad: rescatar a una y cada una de las personas que se acercan a mí de sus vidas cotidianas. Hacerles olvidar sus problemas, aunque sea por un instante, y guiarles de la mano hasta lugares maravillosos, más allá de este mundo… bosques que sólo la imaginación conoce, castillos de cartón, estanques de humo.



Y no importa si me agrada o duele. No importa si me es dulce o amargo, si estoy triste o estoy contento. A veces, simplemente hay que improvisar…



Porque la única verdad que existe, es que el espectáculo debe continuar.

jueves, 28 de agosto de 2014

El cordero perdido

Anteriormente...


*** *** *** *** ***

La tormenta empezaba a volverse más violenta cuando lo oí por primera vez. Alto, agudo y desgarrador. Un grito capaz de abrirse paso entre la lluvia y el viento, una vez tras otra. No me fue difícil seguirlo hasta la orilla del río, donde la encontraba la pequeña maraña de algodón sucia que lo emitía. Y supe al instante que se trataba de uno de sus corderos. Él seguramente había retirado a su rebaño con prisas previendo la tormenta y el pequeño se había despistado.
Ahora el pequeño animal pedía ayuda con todas sus fuerzas, paro ni su pastor ni sus compañeros estaban ahí para escucharlo.
Por eso lo perseguí hasta alcanzarlo y me lo llevé conmigo. Una vez seco y colmado de flores secas ya no lloraba. Sólo miraba de un lado a otro preguntándose dónde estaba, quién era yo. Y a mí me hubiese gustado preguntarle cómo es su casa y cómo es él cuando nadie lo mira. Pero simplemente nos acurrucamos junto al fuego y dejamos que la tempestad pasase.

*** *** *** *** ***

- ¡Roxy! ¡Oh, Dios mío, Roxy! ¿Dónde te habías metido? Ayer vine a por ti y ya no estabas… me tenías tan preocupado…

Así que Roxy. Ya le había oído llamar a las ovejas por su nombre antes, pero no dejaba de resultarme… curioso. Su rebaño debía tener más de cincuenta. Y cada año era más grande…

- Lo siento, la llevé conmigo. Me dio miedo que algo malo le pasase y… estaba tan asustada…

- ¡Gracias, muchas gracias! Has salvado a Roxy.

- Yo em… bueno, no hay de qué…

- ¡Deja que te invite a cenar en mi casa! ¡Por favor! Es lo menos que puedo hacer…

- ¡NO! Esto… quiero, decir que no, yo…

- Ah, lo siento, te estoy asustando.

- No, no es eso…

- Perdóname, yo… no conozco a mucha gente y… ah, es verdad. ¡Qué descortesía! Ni siquiera me he presentado. Mi nombre es Oromedon.

Oromedon

sábado, 23 de agosto de 2014

Helios IV



"Todos los átomos de nuestro cuerpo serán enviados al espacio cuando
el Sistema Solar se desintegre, para vivir por siempre como masa o energía.
Eso es lo que deberíamos estarle enseñando a nuestros niños, no cuentos
de hadas sobre ángeles y ver a su abuela en el cielo" 

- Carolyn Porco





Interrumpimos las noticias con un boletín de de última hora. Al parecer, la nave rusa Helios IV se ha estrellado hace dos horas en algún punto de la estepa, posiblemente al norte de Krasnoborsk, junto al Dvina Septentrional. Todavía se desconoce el estado de los tres astronautas que tripulaban la nave, pero dada la violencia del impacto…




Rusia calificaba ayer la misión del Helios IV como un fracaso absoluto. La Agencia Espacial Federal Rusa informaba de que una inesperada y violenta erupción solar, con una fuerza equivalente a decenas de millones de bombas de hidrógeno, pudo ser la causante de la catástrofe.




Era una misión demasiado pretenciosa: ¡mandar una nave tripulada más allá de Venus para estudiar el Sol! Nunca nadie ha estado tan cerca del Sol como lo estuvieron los muchachos del Helios IV. Ni nunca lo estará. El Sol es una estrella con un comportamiento extraordinariamente complejo y no debería subestimarse su poder. Rusia quería conocer mejor que nadie el viento solar, los campos electromagnéticos, los rayos y el polvo cósmico… y para ello Roscosmos hizo una inversión millonaria demencial: el Helios IV. Una nave 100% rusa construida con una tecnología puntera inimaginable. Una auténtica virguería capaz de sacar toda su potencia de la energía solar, con unos sistemas de purificación de agua y soporte vital nunca vistos…




Artyom Krikalev, el único cosmonauta que sobrevivió a la tragedia del Helios IV, se encuentra en estado crítico. Padece traumatismo craneoencefálico, quemaduras de segundo y tercer grado en la cabeza y las manos, y tiene, además, varios huesos rotos entre los que se cuentan las clavículas y varias costillas. 


••• ••• ••• ••• •••




Voz: ¿Por qué el Sol?



Voz: ¿Por qué el Sol?

Cosmonauta: ¿Qué? ¿Cómo?



Voz: ¿Por qué el Sol?

Cosmonauta: ¡¿Quién anda ahí?!



Voz: Sé que te consideras apenas una mota del polvo perdida por el Universo. No es un pensamiento humilde. De hecho, es muy pretencioso por tu parte. Pero entiendo el sentimiento que intenta expresar.

Cosmonauta: […]



Voz: Cuatro mil seiscientos setenta millones de años de vida, cinco millones de toneladas de energía al segundo, un millón cuatrocientos mil kilómetros de diámetro… le habéis puesto muchos títulos al Sol. Y, sin embargo, no deja de ser solamente una estrella.

Cosmonauta: El Sol hace posible la vida en la Tierra. Las plantas, los animales… sin él no habría nada…



Voz: Sé que no eres capaz de imaginarlo, pero desde el Todo, tu Sol es apenas un punto de luz. Y su vida, un breve destello. Una mota de polvo perdida, diminuta y miserable. Yo, en cambio, soy diez mil millones de veces más grande que él. Y nunca dejaré de crecer…



Cosmonauta: Eso no es posible.



Voz: Sí, claro que lo es…

Cosmonauta: Y si eres tan grande, ¿cómo es que nadie te ha visto o ha oído hablar de ti?



Voz: Porque a diferencia de los otros cuerpos que deambulan por el espacio, yo no emito luz, ni tampoco la reflejo. La trago. Nada puede escapar a mí, ni siquiera ella.

Cosmonauta: Entonces… ¿eres un agujero negro?



Voz: Así es. Y por eso quiero tu ayuda. Yo te mostraré todos los secretos del universo si tú, a cambio, te quedas conmigo. Porque me siento sola. Sola, desamparada y perdida en mi existencia infinita e insaciable.



Cosmonauta: No… entiendo…



Voz: Renuncia a todo lo que conoces y yo te enseñaré el lenguaje de los astros. Podrás escuchar la música que hacen las estrellas y te mostraré cómo se formulan las curvas, danzarinas e imposibles, que conforman las ecuaciones del tiempo y el espacio…

Cosmonauta: […]



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Después de doce días debatiéndose entre la vida y la muerte, Artyom Krikalev moría en la madrugada de ayer en el Hospital Clínico Central de Moscú. El gobierno ha declarado que…

jueves, 21 de agosto de 2014

El primero, él único... el último








Desde el principio de los tiempos, los hombres buscaron sus orígenes volviendo los ojos hacia la tierra, hacia los mares… hacia las estrellas. Trazaron con sangre y piedra las figuras de dioses gigantes venidos del cielo con poder, sabiduría y evolución.





Vestigios. Objetos extraños con propiedades imposibles. Huesos sin dueño. Amuletos que no labró la mano del hombre. Un montón de reliquias misteriosas y potencialmente peligrosas fue lo que consiguió reunir aquel grupo de ocultistas que se hacían llamar los primeros nigromantes.





Nunca diría que fueron mis padres. Pero no sería justo no reconocer que fueron mis creadores. Así pues… soy el fruto del experimento de una raza inferior que buscaba sus orígenes entre los restos de algo mucho más grande que ellos. Y encontraron su respuesta: una respuesta rara y vacía, que les recordaba a algo que era, sin serlo.





Para mí el mundo era distinto que para ellos. Más fuerte, más rápido… con unos ojos que no necesitan ver. Con dos sexos bajo mi piel. Y, sin embargo, tan perdido y solo. Más allá del tiempo, dejando a todos los que conocía atrás. Nací demasiado tarde para aquellos que fueron como yo. Y moriré demasiado tarde para todos aquellos que conozco…


martes, 12 de agosto de 2014

Una luz en la oscuridad

Parecía que hubiese pasado una eternidad desde aquel día. El día en que Fittz y ella se escaparon hasta las fraguas. Su padre les había prohibido que saliesen del pueblo, que se había convertido en un campamento de refugiados atestado de gente. Les había prohibido que saliesen, pero se habían ido igualmente.
Las cosas estaban calientes, según decían los adultos. Calientes como las propias fraguas. Al menos cuando éstas funcionaban.
Llevaban paradas desde que comenzó todo, y la actividad y el revuelo de los extraños que ahora abarrotaban los alrededores, había sustituido al alboroto de los trabajadores que se levantaban al alba para ir a las minas. El aire ya no olía a metal fundido, algo que echaba terriblemente de menos, pues era su olor favorito en el mundo. Ahora todo le llenaba la nariz con un hedor repugnante. A enfermedad… y otras cosas desagradables.
Lo notó aún más cuando llegaron al origen, y casi tuvo que cubrirse la boca con la mano para no vomitar. Tenía el estómago revuelto.
Los vio. Los vio desde la colina que separaba las fraguas, expuestas al aire libre. Un respiro cuando los turnos permitían descansar de las minas.
Los vio allí abajo, las caras cubiertas por pañuelos, quemando los cuerpos.

—Te lo dije. —susurró su amigo frunciendo los labios.
Fittz había estado allí, solo, el día anterior. Y ella no había creído ni una palabra de aquella descabellada historia… hasta ahora. 
Lo habían llamado pandemia. Al principio ignoraba el significado de esa palabra, lo único que sabía era que todos enfermaban y morían. Nadie hablaba de los muertos delante de ellos, pero no era necesario. Eran niños; eso no significaba que fuesen tontos.

Tres días más tarde su madre también enfermó, y se la llevaron con el resto de los infectados. No había vuelto a verla, pero para entonces ya nadie podía engañarla…
Poco después sucedió lo mismo con su padre. Él intentó dejarla con quien quisiese quedársela.
Nadie quiso.
Nadie quería otra boca más que alimentar.
Ni siquiera la familia de Fittz.
También temían el contagio.
Habían marcado la puerta de su casa cuándo se llevaron a su madre, y su padre y ella no debían salir, pero él no quería dejarla sola.
Y al final tuvieron que ir juntos hasta la zona dónde estaba el improvisado hospital.
Su padre murió enseguida, agotado y triste. Y ahora estaba sola. Sola y… enferma.
Fue allí donde la conoció. Dónde conoció a la mujer azul.

Ella caminaba entre los demás sin miedo, con la loba siempre pegada a los talones como una sombra, y la pequeña droide blanca siguiéndola allá dónde iba.
No llevaba la cara cubierta, como los demás. Utilizaba un pequeño respirador que no ocultaba sus peculiares rasgos.

—Eres azul. —le dijo cuándo se acercó.
—Así es. —ella sonrió y la ayudó a incorporarse para que se bebiese lo que le ofrecía. Estaba amargo y caliente, y le hizo toser —Los de mi especie lo somos...
Su voz era suave y amable, y sus rasgos extraños. No sólo por el precioso color de su piel. Sus ojos sin pupilas brillaban a veces en la oscuridad cuándo alguna luz reflejaba en ellos, cómo los de ciertos animales. Y tenía cuernos. Unos bonitos cuernos rizados, como los de los carneros de la granja de Stone.
Sintió el impulso de tocarle el pelo y extendió la mano, retirándola de inmediato a medio camino. En parte por no molestarla con impertinencias, y en parte porque ignoraba si el contacto sería agradable. Una vez tocó por error un erizo de arena, y su madre pasó varias horas extrayéndole las púas de la mano. El cabello de la mujer azul le recordaba un poco al erizo de arena, bonito pero salvaje. Era un cabello diferente a todos los que había visto anteriormente. Diferente como lo era la propia mujer. Rojo, como el sol cuando se ponía sobre las canteras. Recogido en numerosas rastas de las que parecía querer escapar a toda costa, podría resultar áspero, o sorprendentemente esponjoso. Se moría por salir de dudas.
La loba se acercó a olisquearla, y ella recogió la mano temiendo que pudiese contagiarla.
Al igual que su dueña, tampoco el animal parecía tener miedo.
—Se llama Kella. Y ella, —dijo la mujer azul señalando a la droide —es Charming. Yo soy TinHinan. No te preocupes por ella, los animales raras veces se infectan con nuestras enfermedades.
La loba era blanca y negra, con la cara salpicada de azul, al igual que sus ojos. Unos ojos brillantes e inteligentes que parecían reflejar el cosmos.
La acarició tras las orejas, y ella se dejó hacer, apoyando el hocico sobre la cama, resoplando un suspiro de satisfacción.
—¿Me voy a morir? —TinHinan se detuvo unos segundos, mirándola, y a ella le pareció que no quería mentirle, pero tampoco decirle la verdad —No me importa, en serio...
Pero no respondió.
Sin embargo, cuándo se fue para atender a los demás, dejó que Kella se quedase con ella.
Tenerla cerca hacía que se sintiese menos sola.

Observaba a la mujer, moviéndose entre los camastros con eficiencia, amable con todo el mundo. A veces, aquellos extraños ojos turquesa sin pupila se cruzaban con los de ella y sonreía. Siempre sonreía.

Cuándo le subió la fiebre, la cabeza le jugaba malas pasadas. Volvía a recorrer los exteriores en su aerodeslizador, con Fittz tras ella, luchando por adelantarla pero sin llegar a conseguirlo. Podía sentir la brisa caliente en la cara y alborotándole el pelo, agradable y familiar. Hasta que el calor se volvía insoportable, sólo comparable con estar dentro de los hornos de la fundición. Y el recuerdo de los cuerpos arrojados al interior la hacía estremecerse y temblar de miedo. La devolvía a la realidad con una dolorosa sensación de pérdida, y sólo deseaba volver a salir de allí para sentir la arena entre los dedos una vez más, a veces tan fría como el hielo, aunque el sol estuviese aún en lo más alto del día.
Y cuándo se encontró peor, ella vino y le dio algo para dormir.
Y dejó de sentir dolor.


* * *


El sol se ponía, y los últimos rayos, de ese rojo intenso típico del planeta, descendían reflejando en el mineral que descansaba en el interior de las vagonetas. Era un espectáculo precioso, un juego de espejos que contrastaba con fuerza entre el horror y la devastación que la epidemia dejaba a su paso.

Lond agonizaba. O al menos los más desfavorecidos, los de siempre. Para los demás, la gente importante y adinerada, todo había quedado en una excursión a las estaciones espaciales que orbitaban en torno al planeta. Allí estarían a salvo del contagio, y lejos de ver las escenas que la pandemia dejaba a su paso. Porque sí, desde sus pequeñas lunas artificiales, podían esperar cómodamente a que todo pasase sin ser testigos de nada. ¿A quién podían interesarle sucesos tan desagradables?
El pequeño planeta minero sufría el éxodo de las clases sociales, que emigraban en busca de algo mejor. La pobreza, el hambre y la epidemia, se había cebado con los que se habían quedado.  
Habían aislado a los refugiados, abandonándolos a su suerte en aquel planeta, apiñados en campamentos improvisados cerca de las minas y la fundición, tratando de mantener una cuarentena.
Se morían, y el gobierno había bloqueado toda comunicación con el exterior, impidiendo que la noticia del brote se extendiese, y también la posibilidad de poder conseguir los medicamentos necesarios. El miedo a la repercusión en el mercado era voraz, harían lo que fuese necesario para evitar que los precios cayesen en picado.
Unos pocos aquí, en el campamento, habían logrado contactar con un grupo de exiliados que estaban fuera del planeta. Les habían prometido medicinas y armas. Así que esperaban. Esperaban a unos contrabandistas lo suficientemente listos como para colarse a través de el bloqueo tras el que se atrincheraban. Y mientras tanto los días transcurrían y la gente moría.
Y así estaban las cosas.

El pesimismo la envolvió cuándo a la niña le subió la fiebre. No era la única, ni la más joven. Tampoco era la primera que se había quedado sola...
Sin embargo, algo hizo que aquella fuese la línea que la hiciese cruzar hasta el desánimo.
Necesitaban esas medicinas urgentemente... Sin ellas no podía hacer nada por esa gente, estaban vendidos. Por primera vez en mucho tiempo se sentía impotente. Podía salvarlos, de tener acceso a los medicamentos. Podía hacer más, mucho más, de no ser por el maldito gobierno y su necesidad de taparlo todo.
Daba igual cuantos sistemas solares cruzase, esas eran la clase de cosas que no cambiaban nunca en ninguna parte…
El sol se escondió por fin, dejando tras él el aire frío de la noche. Y sólo las improvisadas luces del campamento se veían, rompiendo la oscuridad total.
Regresó allí, había mucho que hacer, aunque no lo suficiente. Nunca era suficiente…
Y el momento de lamentarse pasó tan rápido cómo había llegado.

La niña había empeorado. Respiraba con dificultad y se escuchaban claramente los murmullos de su pecho. Murmullos que se convertían en estertores poco a poco. Ella abrió los ojos un momento y alzó la mano para tocarle el pelo.
—Es suave… —susurró volviendo a cerrarlos enseguida, ya sin fuerzas.
Sólo pudo aliviarla y proporcionarle un sueño sin pesadillas. Uno del que, por suerte, ya no se despertaría. Eso sí podía hacerlo. Podía proporcionarle paz.

* * *

Pasaba ya del mediodía cuándo vio a Kershel dirigirse hacia ella apresuradamente. Sus hombros estaban hundidos por las preocupaciones y había adelgazado considerablemente. Ya no se parecía en nada al hombre apacible y sonriente que le había dado la bienvenida el primer día.
—Hemos recibido una transmisión, son ellos, están dentro de la atmósfera. No la hemos contestado aún, no sabemos qué decirles... tenemos un problema. —dijo cabizbajo —Los nuestros les prometieron cinco mil guineas, y no han recibido el pago... Cuándo ésa gente llegue, no se lo van a tomar nada bien. Eso si no se dan media vuelta con el cargamento...
—Tenemos que impedir que eso suceda, —repuso ella —si no nos entregan las medicinas ésta gente estará condenada.
Eran cazarecompensas, pero si había un resquicio de humanidad en aquellas personas, ella lo encontraría.
—Hay más, —dijo Kershel —te están buscando, Tin.
—Después, nos ocuparemos de eso después. —respondió alzando una mano, cortando de raíz la réplica.

Fueron hasta la pequeña sala de transmisiones. Allí, los hombres de Kershel se mantenían a la escucha. Hombres agotados y ojerosos.
—Reúne a unos cuantos más y tratad de encontrar cualquier cosa de valor que haya. Lo que sea. —le dijo al que estaba junto a la puerta, que salió corriendo sin cuestionarla.
Otro de ellos se levantó, cediéndole su sitio delante del panel de control.
La voz de una mujer se escuchaba limpia a través de las ondas de frecuencia. Kershel asintió, y alguien conectó un viejo monitor, dónde una imagen comenzó a tomar forma.

—Transbordador Flying Mariposita a tierra… ¿me reciben?
La dueña de la voz era, efectivamente, una mujer pelirroja de ceño fruncido.
—Tengo malas… no, pésimas noticias. —prosiguió exasperada —Sus coleguillas exiliados nos han dejado colgados. Aceptamos el trabajo por cinco mil guineas. ¿Y sabe cuántas tenemos? ¡Cero! Incluso con la formación matemática más básica puede uno deducir lo inmensamente cabreados que estamos.
Contuvo la respiración unos segundos, intentando pensar bien en lo que le iba a decir. Necesitaba apaciguarla, ganar tiempo.
—Le pido disculpas y le doy mi palabra de que encontraremos la forma de compensarles. Pero por favor, se lo ruego: sobre todo no se vayan. La carga que llevan es de vital importancia para nosotros. Haremos lo que sea necesario para que se sientan bien pagados por su viaje. Dennos algo de tiempo para reunir lo que tengamos de valor, seguro que podremos llegar a un acuerdo. Manténganse en el aire, no tomen tierra, es demasiado peligroso. Cambio y corto.

Todos se miraron un instante, hasta que ella comenzó a repartir órdenes. Esa gente no iba a esperar eternamente, y no podían permitir que se fuesen con las medicinas. Aquello iba a ser una contrarreloj. Kella frotó el hocico contra su muslo, como tratando de infundirle ánimos, y se tomó un momento para recompensarla con una caricia antes de salir a la carrera.

Poco después habían logrado reunir lo todo que tenían. Miró el palé dónde lo habían apilado con ojo crítico. Arte, oro, antigüedades… Tenía valor, sí, aunque les costaría encontrar compradores… No estaba segura de poder cerrar el trato pero, qué demonios, no había nada más.
—Charming irá en la lanzadera, puede pilotarla. Eso nos facilitaría mantener la cuarentena. —le dijo a Kershel —Además, he grabado un mensaje explicando todo lo que está pasando aquí. La gente tiene que saberlo…
Él la miró y asintió.
—¿Crees que aceptarán todo esto?
—No tardaremos en averiguarlo. Volvamos al puesto de comunicación.

* * *

—Verás, no sé de qué coño va esto o quiénes sois tú y tu gente, pero… ¿Oro? ¿Joyas milenarias? ¿Obras de arte? Suena como si fuese parte del Tesoro Nacional de Lond. Y eso no es vuestro, no es algo que podamos tomar así, sin más…
—Todo lo que les hemos mandado sumaría una cuantiosa suma en el mercado negro.
—¡Pero NO-ES-VUESTRO! ¿Y qué demonios es eso de llevarnos a la hojalata?
—Sólo necesitamos que la saquen de Lond. Da igual adónde vayan, ella podrá seguir por su cuenta. Tiene un mensaje importante que llevar.
—No quiero llevarla, no quiero vuestras alhajas…
—¡Es todo cuanto tenemos! Además, no condenarían miles de vidas por una cuestión de dinero, ¿verdad? Esta gente es inocente y… están totalmente desamparados.
—¡No me gusta ni un pelo! Ni la hojalata polizona ni el pago en material robado. No podéis pagarnos con algo que no os pertenece. ¿Porque sabes qué? Algún día su legítimo dueño vendrá a patearnos el culo para recuperar algo que nosotros ni siquiera le robamos. ¡Y no me apetece!
—¿A quién pertenece el Tesoro Nacional más que a su pueblo? Tenga en cuenta que… están aquí en una (más que justificada y eternamente agradecible) operación de contrabando. Por favor, tomen lo que se les ofrece.
—¡Lo que se me ofrece es transportar en mi nave mercancía ilegal!
—Le pido… no, le suplico que reconsidere su posición. Nuestra situación es absolutamente extrema y desesperada. Siempre ha sido y será nuestra última opción, pero si nos vemos obligados recurriremos a una posición ofensiva.
—¿En serio? Y dime… ¿todas las armas que tenéis ahí son antediluvianas, como las antiguallas que llevo en la bodega? Porque si es así…
—Tenemos cañones láser X-200045 apuntando directamente a su cafetera voladora. Tienen gran precisión sobre objetivos móviles. Y si nuestro ataque falla, daremos aviso a las fuerzas armadas que bloquean el planeta. Cazas potentes equipados con misiles de última generación. Si escapan a nosotros, ellos no les dejarán salir con vida de aquí.

La pelirroja cortó la comunicación y se dio cuenta de que había dejado de respirar. Quizá amenazarla no había resultado ser una buena idea… Había jugado su última carta a la desesperada, y esperaba no tener que pagar el precio.
Allí, en el interior de la pequeña sala de transmisiones, todos aguardaban tensos.

—¡Han soltado la carga! —gritó uno de los hombres aporreando la mesa con el puño.
Y a ese primer grito le siguieron muchos más. Esperanza, por fin. Algo que allí necesitaban casi tanto como las medicinas.

* * *

—Tin, tenemos que sacarte de aquí, no tardarán en venir a buscarte…
El gobierno había decidido deshacerse de la cabeza visible que daba las órdenes al otro lado del muro. Siempre era mucho más sencillo si los mantenían a todos manejables y dóciles. Aunque el ambiente general distaba mucho de ser ni manejable ni dócil. El caso era que la gente había depositado en ella su confianza y su respeto, y eso no lo podían permitir.
—¿Van a detenerme por atender a los enfermos? —la idea le pareció aún más ridícula al decirla en voz alta.
—No, van a detenerte por practicar la medicina siendo veterinaria. —dijo Kershel con gesto grave —Y una vez que te hayan cogido, Tin, no van a juzgarte, ya me entiendes…
Pues sí, las cosas siempre se podían complicar aún más. Eso era algo que nunca fallaba.
Suspiró agotada. Tenían las medicinas, y no tardaría mucho en enseñarles a sintetizarlas y administrarlas.
—De acuerdo, deja que organice todo lo que tenemos y nos vamos.
—Hay una pequeña estación de servicio en medio de la nada, no muy lejos de aquí. No suele estar muy transitada y podrás ocultarte hasta que encontremos un sitio mejor… Te llevaremos hasta allí.
Kershel ladró órdenes a un muchacho, que salió a la carrera en busca de alguien.
—Gracias.
—No, gracias a ti. —él le tendió una mano callosa y curtida por el sol, y la estrechó con firmeza —No olvidaremos lo que has hecho por nosotros, TinHinan.

* * *

Habían regresado a Lond y se habían deshecho del pago nada más conocer la situación. Lo habían arrojado disimuladamente a un lugar discreto, y habían dado aviso para que pudiesen ir a recogerlo.
Pero antes de eso… habían llevado a la hojalata a Mysydy, la mayor central de comunicaciones del periodismo independiente, y ella había dado su mensaje. Y vaya mensaje, joder.
El planeta había quedado bloqueado para que la noticia de la epidemia -¡una epidemia!- no se extendiese.
Quedarse con un tesoro de viejas glorias a cambio de medicinas para salvar miles de vidas no era precisamente ético. De cara al mercado, nadie querría comprar nada que proviniese de allí. Todos lo verían como algo robado. Ella lo veía como algo robado, maldita sea, aunque se guardaría bien de dejar que los valores morales emergieran teniendo la excusa perfecta para hacer lo que debía sin que lo pareciese. Porque de cara al negocio no les interesaba nada quedar como unos aprovechados.
Y ahí estaban ahora, dispuestos a llevar a la hojalata con su legítima dueña. Para ser sinceros y aprovechando la coyuntura, se moría de ganas de hacerle a la mujer azul unas cuantas preguntas…

Enseguida descubrieron que la gente de Lond haría lo que fuese por protegerla. Nadie quería hablar del tema. Nadie parecía entender ni una sola palabra en su idioma. La estaban ocultando y era lógico puesto que, al parecer, la buscaban para juzgarla a lo largo y ancho de todo aquel pequeño sistema. Y la cuarentena tampoco facilitaba las cosas…
Azafrán estaba empezando a sentirse frustrada. Y cabía decir que Azafrán frustrada era… bueno, era algo que a nadie le apetecería ver. Punto.
Rischa le dio un codazo y señaló con un gesto a un chaval sentado sobre unas cajas. Estaba solo, y parecía taciturno.
Se dirigieron hacia él con paso tranquilo, tratando de no asustarlo.
—Eh, chico, estamos buscando a una mujer… —Azafrán rebuscó en su bolsillo unas monedas —Una mujer azul.
El muchacho abrió los ojos de par en par y buscó un punto por el que zafarse, sin embargo, Rischa fue más rápido y se lo impidió sujetándolo del brazo.
—Oye, chaval, tranquilo, no queremos hacerle daño. —le dijo éste con voz conciliadora —sólo queremos hablar con ella.
—No sé nada de mujeres azules…
Trató de soltarse nuevamente, nuevamente sin conseguirlo. Tenía el marcado acento de allí, pero también dominaba, aunque de forma rudimentaria, su lengua. El crío no había tenido la perspicacia de hacerse el tonto, y ahora empezaba a darse cuenta de su error. Cambiaba el peso de un pie al otro, tratando, nervioso, de evitar cualquier tipo de contacto visual con ellos.
—Estás mintiendo.
Rischa la miró boquiabierto y puso los ojos en blanco.
—Tenemos algo que le pertenece —le dijo al chico apartándose para que pudiese ver a la droide —La hojalata es suya.
Había reconocimiento en los ojos del muchacho. Sí, no se había equivocado, conocía a la dichosa TinHinan.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Azafrán tratando de llegar hasta él de una vez por todas.
—Fitzz.
—Está bien, Fitzz, la cosa es así: hay mucha gente buscando a esa mujer, pero has tenido suerte, somos los únicos que no queremos apresarla. Dinos dónde podemos encontrarla, antes de que otros lo hagan.
Las dudas treparon por su rostro enjuto y moreno. Se debatía a medio camino entre una opción y la otra, evaluando cual sería la decisión correcta.

* * *

—¿Una estación de servicio a cuatro horas de aquí? ¿En serio? Joder, venga ya… Estaremos de suerte si llegamos los primeros…
—Azafrán, —Rischa apoyó una mano en su hombro, aún a riesgo de perderla, dejándola despotricar un poco más —tu don de gentes apesta.

—Pues ha funcionado, ¿no? —resopló ella a modo de respuesta.



Texto escrito por deVice.

martes, 3 de junio de 2014

Mar: la cala

sunset


El día había sido gris y húmedo, como lo eran casi todos en aquel pequeño pueblo pesquero de Escocia. Tras horas de lluvia fina, el sol se había asomado tímidamente a la última hora de la tarde, arrancándole destellos a un mundo que lo reflejaba como un espejo. Sobre todo el mar.

Blancanieves lo observaba lánguidamente, sentada en el balcón de proa del Apfelchen, acodada en la barandilla, con la barbilla descansando sobre los brazos cruzados. La piel fina de sus pies blancos que colgaban sobre el agua se teñía de un rubor cobrizo con los últimos rayos de un sol a punto de ponerse.

Había salido a dar una vuelta cerca de la costa, parándose a descansar al abrigo de una pequeña cala. Probablemente se quedaría allí a pasar la noche. El puerto y esos malditos escoceses la ponían nerviosa. Todas las cosas raras que habían pasado esos días… sumadas a la angustiosa sensación de que alguien la observaba. Constantemente creía sus movimientos seguidos por unos ojos invisibles que acechaban desde todas partes: tras las ventanas, entre las rocas, bajo el agua… sentía una creciente presión sobre el pecho que la empujaba a marcharse. A marcharse muy lejos de allí.

Ardía en deseos de cruzar el Mar del Norte para volver a casa. O quizás podía embarcarse en un viaje mucho más ambicioso, rodear África y atravesar Indonesia hasta China, hasta Japón. Echaba de menos el este de Asia con sus orondos dioses dorados, sus templos picudos y sus extrañas tradiciones, delicadas a la vez que brutales. Había conocido todo aquello algunos años atrás y había quedado fascinada por su belleza, enamorada hasta la médula de los árboles rosas, los fideos con algas… y las dulcemente inquietantes carpas doradas. Con sus ojos saltones, sus colas infinitas y sus formas imposibles. Un auténtico alarde de los logros de la selección artificial. Tanto le fascinaron, que no quiso abandonar Japón sin llevarse, al menos, un par de ellas.

Aún recordaba las manos de la joven que se las dio: finas, pequeñas y rápidas. Hacer tatuajes era una disciplina marginal casi exclusivamente reservada a los hombres, y por ello era extremadamente raro encontrar a una artista como aquella que dibujó su cuerpo clavando con maestría una aguja que mojaba en tintas de dolor.

Estaban en una habitación sobria y espaciosa, cerrada con puertas correderas de papel. Había tenido que mover muchos contactos para llegar, y allí permaneció durante muchas horas sumergida entre volutas con olor a incienso y sangre.

De eso hacía ya mucho tiempo. Y más tendría que pasar hasta que pudiese volver… pero cada instante estaba más cerca. Ya sólo quedaban dos lunas. Dos lunas y, si ese borracho estúpido no aparecía con el resto del dinero, se marcharía muy, muy lejos.

A casa. O más allá.

lunes, 26 de mayo de 2014

El puerto, ese lugar extraño...

Corpulento, malcarado y renqueante. Así era el hombre que aquella mañana se detuvo ante el Apfelchen, el pequeño velero de Blancanieves. Odbal estaba tumbado en la bañera de popa, sobre la piel que unos días antes había encontrado al borde de la ría, orgulloso como un general con un trofeo de guerra. Mientras tanto, Blancanieves repasaba los cabos y ni siquiera notó la presencia de aquel tipo que se había detenido, casi sin respiración, delante de su perro.

- ¿Cuánto? – preguntó – ¿Cuánto quiere por eso?

Un resoplido de fastidio escapó de los pulmones de ella al verse obligada a levantar la cabeza para atender a la impertinente pregunta. Le costó unos segundos asimilar la escena: el viejo marinero borracho señalando al animal; Odbal devolviéndole la mirada fijamente, enseñando los dientes… y aquella estúpida cuestión flotando en el aire salobre. Tan estúpida y molesta como el graznido de las gaviotas, pensó.

- No está a la venta.

Su perro era sagrado, habían pasado por un montón de cosas juntos, y la simple duda le resultaba ofensiva. Pero no era algo que el molesto individuo pareciese notar. O, si lo notaba, no le importaba lo más mínimo. Porque siguió y siguió insistiendo. Testó su paciencia con dinero, con súplicas, con palabras amables y con palabras rudas…

A punto estaba Blancanieves de desenfundar sus tijeras cuando comprendió algo estúpido y desconcertante: el hombre no estaba interesado en el fiel e inteligente Odbal, sino en aquel pellejo sucio y apestoso que aquél protegía como un tesoro. El perro lo había sabido desde un principio y era por eso que lucía el lomo erizado, el hocico contraído y aquel grave gruñido de advertencia. Nadia podía dudar del cariño que le había cogido a aquel despojo y, aunque a Blancanieves le daba cierto asco, no estaba dispuesta a separarlos.

- Diez coronas de oro. – subió su oferta el marinero.
- ¿Qué?
- Está bien, está bien… - los dedos regordetes y torpes manosearon el cinturón hasta descolgar de él una bolsa de cuero – diez, quince, veinte… unos, dos, tres… ¡veinticuatro coronas de oro por el pellejo!

La muchacha frunció el ceño, incrédula y divertida. Veinticuatro coronas de oro por un pellejo sucio, viejo y babeado era algo totalmente desmesurado. Pensó que aquel pobre marino había perdido el juicio y la situación dibujó en sus labios una sonrisa de picardía. Sus ojos brillaron con una luz codiciosa.

- Cincuenta coronas de oro y el pellejo es tuyo.

Sabía que su contraoferta era, ciertamente, descabellada. Sólo la había dejado en el aire con la intención de atormentar un poco al hombre y de hacerlo dar media vuelta sobre sus pasos. Y parecía que iba a conseguirlo, porque el pobre diablo agachó la cabeza consternado y empezó a ir de un lado a otro mientras farfullaba maldiciones en su lengua materna. Lógicamente, rechazaría tal insultante solicitud de dinero y rechazaría el trato. Aunque si aceptaba… no era posible, pero si aceptaba… ¡bien podía Odbal buscarse otro juguete! Ella misma le compraría uno: nuevo, bonito, caro. Y un poco de cerdo cocido para que se le pasase el disgusto y pudiese perdonarla por separarlo de su premio.

- Trato hecho.

El gesto burlón de ella dio paso a uno más grave e incrédulo.

- Ahora mismo sólo tengo las veinticuatro… ¡pero conseguiré el resto antes de una semana, lo prometo! – el tipo se acercaba para estrecharle la mano y, una vez cerrado el trato, le dejó el oro prometido. Y se largó por donde había venido. Rápido, henchido, canturreando.

Blancanieves se volvió hacia Odbal con cierto remordimiento. Y le susurró:

- Qué tendrá ese pedazo de basura que os vuelve locos a todos.


*** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** ***



Mueve mi madre
esta mi cuna.
El mar da miedo,
quiero laguna.
[…]
La niña duerme.
Lecho de red.
Frágiles hálitos.
Boca de pez.

Luciano Castañón


La noche estaba revuelta, lo suficiente como para darle problemas a algún pobre pescador más allá del rompeolas. Eso suponiendo que alguno se hubiese atrevido a salir a faenar.

En el puerto, las cosas estaban relativamente tranquilas. Blancanieves dormía plácidamente en el vientre del Apfelchen, que se mecía, rudo y rítmico, como si de una cuna acuática gigante se tratara. El susurro de la lluvia fina y el repicar de algunas drizas chocando contra sus mástiles, arrullaban a su alrededor una dulce nana marinera.

Y de pronto el perro se volvió loco. Lo oyó subir hasta la delfinera como un relámpago, aullando. Lo oyó revolverse, gemir y ladrar como nunca… parecía un alma en pena debatiéndose entre la rabia y el horror. Blancanieves se despertó y contuvo la respiración con los ojos abiertos como platos en medio de la oscuridad, tratando de oír. No podía apreciar nada más allá de los ladridos y la tormenta. Quizás Odbal había detectado a algún visitante no deseado. ¿Sería aquél insidioso marinero con el resto su apestoso dinero? Debía estar loco para adentrarse por los pantalanes oscuros y resbaladizos. O quizás tenía mucha prisa… sí, definitivamente podría tratarse de eso. Que tenía prisa resultaba evidente. Maldito zumbado.

Casi estaba de nuevo dormida, sumida en sus maldiciones cuando lo oyó. Un golpe seco y pesado que hizo que al instante todo su cuerpo se tensase con una inyección de adrenalina. Lo había escuchado muy cerca de ella, insultantemente cerca… y, sin embargo, lo que realmente le helaba sangre, es que venía de debajo del casco. Algo se estaba cercando a su barco. Y no venía del maldito muelle… sino de las aguas revueltas. Otro golpe, esta vez cerca de la línea de flotación, a estribor. Fuera lo que fuese, parecía estar acercándose a la superficie. Cerró su mano sobre la empuñadura del pequeño cuchillo curvo que acostumbraba a guardar bajo la almohada. Y salió preparada para matar, sin parar a coger nada más. Sin mirar atrás.

Los chirridos de la madera de las escaleras bajo sus pies descalzos fueron engullidos por el fragor de exterior, donde el perro redoblaba sus esfuerzos en medio de una lluvia que era cada vez más densa. Apenas podía ver nada, de modo que se agazapó asiéndose con fuerza a uno de los salientes junto a la escotilla e intentó guardar silencio, concentrándose de nuevo en escuchar. Pero no le sirvió de nada. Porque no lo oyó subir.

Fue Odbal quien la hizo notar que la criatura estaba cerca. Bajó a la cabina de un salto y empezó a rodar por el suelo de un lado a otro, con el lomo encogido y el rabo entra las patas.
Aguzó la vista concentrándose en la esquina de la que había venido el perro. Y no lo culpó por tener miedo.

Unas manos desnudas arañaban la superficie y se aferraban a la regala, dando paso a una forma oscura y acuosa que se aupaba desde el mar, deslizándose sobre uno de los pasillos laterales. Blancanieves estaba aterrada, más paralizada e inútil que un madero a la deriva. Tuvo que hacer un acopio considerable de fuerza para empujar su cuerpo hacia adelante, consiguiendo gatear hacia la mancha hirsuta y viscosa y cada vez podía ver más nítida. Un cuerpo peludo, brillante y negro como el petróleo, coronado por una cabellera nívea y enmarañada. Su cerebro procesaba todo cuanto percibía, haciendo una lista sorprendentemente rápida de todas aquellas aberraciones marinas que conocía que pudiesen coincidir con la asquerosa criatura que tenía delante. Un maldito dodecaópodo venenoso, una anguila engullidora gigante o un gusano abisal de cien anillos… todos ellos revulsivos y mortíferos, pero no lo suficientemente pequeños o ágiles para subirse a un velero atracado en las aguas poco profundas de un puerto.

Ya casi estaba a su alcance. Percibía claramente el hedor salobre de la criatura que deambulaba de un lado a otro de la cubierta, clavando sus ojillos brillantes como ascuas por la superficie del barco. Como si buscase algo…

No tuvo tiempo de reaccionar. Todo pasó demasiado deprisa. Odbal había decidido súbitamente seguir el ejemplo de su ama y, en un arranque de kamikaze valentía, se había arrojado contra el intruso, arrojándolo por la borda. Y por poco se fue él detrás… Blancanieves había estirado el brazo justo en el  último momento, agarrándolo firmemente por la cola. El perro protestó con un aullido que le obligó a liberar al enemigo que se retorcía entre sus fauces.

- Ya… ya pasó todo, Odbal – Blancanieves abrazaba al perro contra sí, tratando de darle consuelo entre sus manos temblorosas. Lo que quiera que fuese aquella cosa, ya no estaba.


De vuelta en el camarote encendió una pequeña lámpara de aceite y se puso ropa seca después de secar el lomo de Odbal. No volvieron a pegar ojo en toda la noche, aunque tampoco sintieron nada extraño… pero algo raro, sin duda, sucedía en ese puerto.


rain

domingo, 6 de abril de 2014

Una vez, en un sueño...





-Canta para mí, Jae...
Ella tenía una voz preciosa, diferente de todas las demás. Había armonía en ella, una cadencia suave que hacía que cuando la escuchabas... todo dejase de tener importancia.
Aquella voz se había convertido en su droga, consiguiendo hacer a un lado las demás.
Paseó los dedos por las cuerdas de la guitarra, y ella lo complació siguiendo la melodía. Cantando para él.
Porque en aquel instante... sería sólo suya.
Acomodó la cabeza sobre su vientre y ella le acarició el cabello, y le pareció que podría vivir así para siempre.
Pero nada es para siempre. No para él, al menos.
No para ellos...
Y por eso... por eso se sintió el tío más afortunado del mundo en ése jodido instante.
Porque en aquel instante... era sólo suya.


-¿Te has dormido?
Abrió los ojos y se encontró con los de ella, de ése gris pálido, brillantes, cómo si su interior albergase una estrella. Rasgados y atentos, reflejaban la sonrisa que veía en aquellos labios carnosos.
Estiró la mano para hacer a un lado un azulado rizo rebelde, y ella la cogió entre las suyas, besándole la palma y llevándola hasta su mejilla.
-Te has dormido... -repitió, ésta vez sin dudarlo.
-Sólo un poco. -le dijo devolviéndole la sonrisa.
Dejó la vieja guitarra en el suelo y se incorporó para tenerla aún más cerca.
Y sus manos se perdieron bajo la calidez del pijama de algodón que ella llevaba, acariciando ésa delicada piel, extrayendo acordes, ésta vez, de aquel cuerpo de generosas curvas.
Porque tocarla era... como tocar una estrella.
Sí, maldita sea, era el tío más afortunado del mundo.
-Canta para mí, Jae... -susurró besándola en el cuello.
 -Rischa... -suspiró ella contra su pelo.
Y dejó que, una vez más, su voz lo arrastrase todo.


***


Se había dormido. Pero cuando despertó y la buscó a su lado ella ya no estaba. Se había esfumado con los restos de aquel sueño y su cama estaba tan vacía cómo lo estaba siempre. Tan vacía cómo se sentía él en aquel momento.
Su cuerpo en cambio parecía no darse cuenta de la ausencia, y eso lo cabreó. Porque habían pasado años y aún soñaba con ella... Habían pasado años... y aún se la ponía dura.
Joder.

Se levantó con la intención de terminarse la botella pero, al parecer, era algo que ya hizo por la noche.
El repentino mareo lo confirmó, obligándolo a sentarse en la cama de nuevo.
Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza en sus manos. Le dolía de cojones. Putos brebajes caseros.

-Mierda... -gimió.
Se vistió y recorrió los pasillos desiertos en busca de Azafrán.
Se detuvo frente a uno de los enormes ventanales, a través del cual se veía el espacio.
El espacio... 
Un lugar frío y mortal, pero hermoso. Contempló las constelaciones, completamente desconocidas para él, repletas de polvo cósmico. La nebulosa que quedaba a la vista, brillante y anaranjada... Recordó lo que le había explicado Azafrán sobre las nebulosas, que semejante maravilla estaba compuesta por gases y restos de estrellas extintas. Aunque también, en ocasiones, eran los lugares dónde éstas nacían...
Ella lo había llamado vertedero. Gigantesco montón de mierda interestelar, en realidad. Azafrán tenía el puñetero don de la palabra, sin lugar a dudas.
Y aquel momento lo hizo sonreír, y también acelerar el paso de camino a la cabina de control, dónde la encontró inclinada sobre las cartas de navegación.

-Aza...
Azafrán alzó la vista un segundo, cómo queriendo confirmar que se trataba del único tripulante a parte de ella en la nave, y volvió a sumergirse de lleno en lo que tenía entre manos.
-Te has levantado... bien. Pensaba que tendría que ir a sacarte de la cama con una patada en el culo...
-Aza, necesito ir... allí.
Levantó de nuevo la cabeza y lo atravesó con sus ojos verdes. Por una milésima de segundo pudo ver a través de ésa coraza malhumorada. Pudo ver únicamente porque llevaban cinco años viviendo juntos, semi encerrados en aquel montón de chat... en el Flying.
Pero sólo duró una milésima de segundo. Una milésima de segundo y la coraza volvió a colocarse en su lugar. Lo vio en esos ojos verdes.
-Joder... ¿ya ha pasado un año?
-Sí. -respondió lacónico.
-Está bien, supongo... -se pasó la mano por el pelo, colocándose la anaranjada melena en su sitio -Tenemos trabajo, pero no es urgente y nos cae... más o menos de paso.
Dejó la mesa y se acercó a él.
-Gracias.
-No me las des, odio cuándo te pones moñas...
-Genial, Azafrán, porque yo también me odio cuándo me pongo moñas -dijo entre dientes.
Azafrán pasó de largo en dirección al puente de mando, pero lo pensó mejor y volvió sobre sus pasos, deteniéndose, dejando la cara a escasos centímetros de la suya. Podía ver el millón de pecas con claridad, salpicadas al azar. Y aquellas cejas perfectas, una alzada ahora mientras lo escudriñaba. 
-Rischa... ¿has estado bebiendo solo? -preguntó arrugando la nariz. Él se encogió de hombros por toda respuesta y ella negó con la cabeza poniendo los ojos en blanco -Maldita sea... realmente, odio cuándo te pones moñas.
Y siguió su camino tras golpearle la cabeza con la mano sin piedad.
-¡Au!
-¿Duele eh? -Azafrán se giró un poco, lo suficiente para dejarle ver esa sonrisa que no trataba de ocultar -Pues jódete, Rischa. JO-DE-TE.


***


Dos días más tarde estaba allí, en aquella pequeña luna cercana al planeta dónde se conocieron.
Caminaba entre los helechos, tratando de apartar las ramas que crecían salvajes impidiéndole el paso. Y un poco más adelante el sendero se abrió, dejando a la vista las hileras de lápidas de piedra, semidevoradas todas ellas por la naturaleza, en las cuales el húmedo musgo arraigaba sin contemplaciones.
Era un lugar solitario, apartado de todo.
Solitario cómo lo es la propia muerte.

Y no tardó en encontrarla, pues había estado en otras ocasiones. Una vez al año, desde que la perdió.
Quitó la maleza que empezaba ya a apoderarse de ella y deslizó las yemas de los dedos sobre su nombre.

Jae Hwa

Lo pronunció en voz alta, para no olvidar cómo sonaba. Nunca lo hacía, salvo allí.
Porque uno no pronuncia en voz alta los nombres de los muertos...

Se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo, dándole una larga calada.
Y recordó.
Recordó sus ojos, de ése gris pálido, brillantes, cómo si su interior albergase una estrella.
Los carnosos labios y sus manos bajo el pijama de algodón. La calidez de su cuerpo, de generosas curvas. Su risa, y cómo fruncía el ceño cuándo se enfadaba. Aquel pelo rubio y azulado, y sus ágiles y delicados dedos.
Recordó su voz... y todo dejó de tener importancia.

La muerte es algo definitivo, y no se escoge.
Es el camino solitario por el que nadie puede acompañarte.
Y no se escoge.

Pero sin embargo, ella había escogido...


***


Regresó cómo un perro regresa cuando se escapa. Triste, sucio y hambriento.
Se sentó a la mesa tras servirse de la escasa bazofia que les quedaba. Raciones liofilizadas y sopa de sobre. Por poco tiempo, puesto que harían una parada en un planeta civilizado en un par de días más. Tres a lo sumo.
Estaba silencioso y taciturno, como siempre que volvía.
Hundido, cómo quien arrastra una pena inconmensurable.
Apaleado de puertas para adentro.

Recordó el día que lo subió a bordo.
Definitivamente habían avanzado.

-¿Has terminado ya con toda esa mierda? -le preguntó.
-Sí. -le daba vueltas a la sopa, sin ganas. Sin mirarla siquiera.
-Bien, porque me muero por largarme de aquí de una jodida vez. Antes de que nos empiecen a entrar tentaciones de saltar al puto espacio. -añadió.
-Claro, porque nadie querría que saltases al espacio, Aza... -Rischa esbozó una sonrisa cansada, llena de ése derrotismo en el que le encantaba revolcarse. Una vez al año, al menos. Ahora una sola vez al año...

Definitivamente, habían avanzado.

Sacó la botella que tenía guardada y la abrió, llenando dos vasos bajo su sorprendida y atenta mirada.
-Mierda, Rischa, ya sabes que detesto que bebas solo...
Él cogió el vaso y lo alzó a modo de saludo, vaciándolo de un trago.
Y ella lo imitó.

Sí, en unos días volvería a ser el de siempre.

El tío divertido que le miraba el culo cuándo pensaba que no se daba cuenta.



Texto escrito por deVice.