Scene20

01. Café
02. Soledad
03. Color
04. Cenicero
05. Sonrisa 
06. Mar 
07. Foto
08. Sexo
09. Chichón
10. Silencio
11. Hospital
12. Tacones
13. Amigo 
14. Cacahuetes
15. Manos
16. Agridulce
17. Sueño
18. Viaje
19. Música
20. Pijama
xx. ??




1. Café
[Elsa, Lizzy y Gladice] Reunión de hermanas
La cafetería de mi hermana es un lugar estupendástico. Bueno, la cafetería no es que sea de mi hermana del todo, pero trabaja allí. Ha trabajado en muchos sitios, pero en ninguno la vi tan contenta. Ella dice que se siente bien, que el olor a café la “embriaga” y que ha aprendido mucho de dulces y galletitas.
- ¿Cómo puede una pelirroja tan sexy acercarse a mi barra sin que tenga yo mis gafas de sol para no deslumbrarme?
- Igual de gilipollas que siempre, yo también me alegro de verte.
- Guau, la pelirroja tiene carácter - Lizzy sonrió complacida - Justo como a mí me gustan.
Lizzy y Gladice son mis hermanas mayores, son mellizas y aunque no lo parezca se quieren mucho. Lizzy es la que trabaja en la cafetería. La quiero mucho y vivo con ella. Glad de vez en cuando se pasa por nuestra casa, aunque otras veces prefiere ir directamente a la cafetería. Supongo que es porque Lizzy siempre le invita a un café y muchas pastas.
- ¿Qué tal todo? ¿Alguna nueva conquista?
- Ahora sale con una rubirroja despampanante - apunté
- ¿Pero tú dónde aprendes esas palabras? - Gladice es muy pija para esas cosas. Pero “despampanante” es una palabra que existe, lo había mirado en el diccionario.
- No salgo con ella… - codazo de Lizzy. Yo siempre me llevo golpes por todos los sitios.
- Quedáis muchas veces - era la verdad.
- Bueno, muchas… salimos un par de noches.
- ¡Pero os conocíais de antes!
- ¡De una noche!
- Bueno, vale, ¡se acabó el discutir! - las sentencias de Gladice siempre suelen ser un poco marimandonas - Me ha quedado clara la idea. ¿Y tú qué? ¿Sacas las matemáticas?
- Prrrrrrrrrrrrrrrrrrffffff – era mi única respuesta.


2. Soledad
[Masquerade] El nacimiento de la peste
Probablemente fui la primera víctima de mi mal. Él nació conmigo, o quizás yo nací con él. Qué más da, nunca lo sabré. Si algo me ha enseñado el tiempo es que las peguntas no sirven de nada, las dudas sólo consumen y angustian, pero nunca despejan el camino.

Desde muy pequeña, la gente me miraba mal. Como si me tuviesen miedo, como si fuese a hacerles algo malo. Me temían. Mi pelo rojo les hablaba de brujería, mis ojos verdes evocaban en sus primitivas pesadillas a las peores bichas.

No tenía escapatoria. Desde el momento en el que enfermé, quedé condenada. Aquellos que me rodeaban no necesitaban excusas, y a pesar de ello tenían una: mi piel se abría en dolorosas y cruentas úlceras, mi vista se nublaba y un dolor febril me consumía poco a poco. Era un peligro para todo el mundo, ¡no había salvación para mí! Un castigo divino, sí. Así lo interpretaron. ¿Quién iba a atreverse a interceder en los designios divinos? Nadie.

No tenía derecho a cura, nadie hizo por aliviar mi dolor. No iban a lavar mis úlceras, pero en cambio resolvieron que harían conmigo lo más humano: encerrarme en una cueva fría en las afueras, dejando las suficientes millas de distancia como para estar seguros de que nunca volvería.

Pero se equivocaron. Enferma, sola, abandonada... como era evidente, no sobreviví mucho tiempo. Sin embargo, tampoco es verdad que muriese allí. Una parte de mí murió infecta y triste, ahogada en aquella oscura y siniestra soledad de la gruta. Pero otra parte, aquella que no se comieron las ratas, se hizo lo suficientemente fuerte como para arrastrarse de nuevo hacia la luz. Cuando salí era una criatura distinta. Ya no había ni rastro de la inocencia de aquella niña asustada a la que habían arrastrado hasta las tinieblas de una muerte segura. No estaba enferma, ni tenía miedo. No estaba perdida, ni lo estaría nunca más… prueba de ello es que me dirigí a casa con paso firme.

No me vieron llegar, nunca lo hicieron. Sin embargo, todos antes de morir supieron que era yo, que había vuelto.


3. Color



4. Cenicero
[Ian e Ícaro] Situaciones delicadas
- Fui a verle, estuve con él la otra noche – dejó escapar el humo que hinchaba sus pulmones - . Pero no pasó nada, tienes mi palabra.
Ícaro se revolvió en la silla desconfiado, incómodo, valorando con cuidado las palabras de Ian. Las cogía de una en una, las ponderaba y estimaba su veracidad. Realmente no creía que Ian fuera a mentirle. Era difícil, muy difícil, arrancarle las palabras. Sin embargo, una vez hablaba nunca decía una palabra por otra, nunca mentía… al menos hasta donde Ícaro recordaba.
- No me quiere…
- Hey, no digas eso… - Ian se acercó inquieto el cenicero, sacudiendo con nerviosismo la ceniza – Él te quiere mucho…
- ¿Y si me quiere tanto qué hace contigo? ¿Por qué… por qué se ha marchado? – lloroso.
- Necesita dedicarse un poco a sí mismo, Ícaro. Pensar. Simplemente es un bache, está pasando por un momento difícil…
- Tiene dudas, Ian. Se aburre conmigo, te quiere a ti…
- Ícaro, entre nosotros no hay nada en ese sentido, ¡nada! Nadie quiere a Leonardo como tú y nadie ha sabido hacerle tan feliz…
- Pero eso ya no está en mis manos… ya no.
- Claro que sí – apaga el cigarro – Seguro que ya tienes incluso algo pensado…
- No.
- Venga. ¿Vas a esperarle de brazos cruzados? Sé que no…
- He estado pensando en hacerle una visita a su casa pero… pero están sus padres y no sé si estará bien.
- Estoy seguro de que se alegrará muchísimo de verte.
Ian sonrió mientras el apoyaba cariñoso la mano en el hombro a Ícaro. Se alegraba mucho de haberse mantenido firme y no haber cedido a los deseos confusos de Leo. Un polvo era sólo un polvo, pero podía haberles costado la relación a dos buenos amigos.



5. Sonrisa
[Herbert, Donau] Humana
Tengo uno de esos días de pulso ebrio, dedos torpes y cabeza espesa. Estoy nervioso y abro la nevera deprisa, lo que hace que un vaso lleno de una vieja disolución de sacarosa deje caer un denso chorro al suelo.
Todo me sale mal. Debería estarme sentado y quieto, sin hacer nada. Pero antes he de limpiar el suelo. Preparo la fregona, pero para cuando llego con ella no calculo bien la distancia. La sacarosa se ha extendido, resbaladiza y pegajosa, por las baldosas. No me doy cuenta hasta que la piso, resbalo, mi cuerpo entero se balancea hacia delante, cae hacia atrás. Un dolor fuerte y punzante en la rabadilla. Y entonces sucede el milagro.
Llega hasta mí alta, limpia y clara. Es una carcajada. Me incorporo sin dar crédito. Pero allí está, como de costumbre, asomada al exterior, con los brazos cruzados sobre el borde de la piscina. Riendo. No ha duda de que ríe con mi desmañada cadena de accidentes. Con mi traspiés.
El humor más elemental que comparte la especie humana desde que el hombre el hombre: el gag de “golpe y porrazo”. Ella es partícipe de la diversión. Sus grandes y profundos ojos acuosos se contraen hasta convertirse en dos pequeños cuartos menguantes de color turquesa. El gesto burlón deja al descubierto sus dientes blancos, afilados y rasposos. Como si fuese una chiquilla cualquiera regocijándose de una broma pesada.
Por primera vez tengo una respuesta para Claudine. Donau, la sirena… mi sirena es una  criatura preciosa. Y su risa es la más hermosa del mundo.


6. Mar


7. Foto
[Jimmy] Mi historia con Friedrich
La historia no pudo haber empezado peor, lo teníamos todo en nuestra contra: él era un hombre mientras que yo era un niño, él era sacerdote y me miraba y me sonreía cuando dirigía el coro. Yo jamás sabré explicar cómo, pero podía saber lo que pasaba por su cabeza. Me seducía perversamente esa fatal atracción que mi inocencia despertaba en él. Era un juego de cumplidos y desdenes, de deseos y rechazos… sé que mucha veces Friedrich se perdía y se desesperaba intentando comprender mis gestos. ¡Pobre! Yo era muy pequeño y disfrutaba viendo su esfuerzo por descifrarme. En ocasiones me comportaba de forma contradictoria porque me gustaba mostrarme como un enigma para él; me sentía el centro de atención. Otras veces la confusión venía de la propia naturaleza contradictoria de mis sentimientos: tan pronto me sentía pletórico y querido como celoso y desatendido. Podía confiar en mí, creer que manejaba la situación… y de pronto sentir como si todo se me escapase de las manos y fuese demasiado pequeño para comprender. Me sentía pequeño, muy pequeño. Diminuto. Y sin embargo, a pesar de que realmente lo era, tenía un poder mágico, fascinante. Ejercía un magnetismo irremediable para mi pobre Friedrich. Daba igual que él fuese más mayor, más alto, o más fuerte que yo; mis ojos le hipnotizaban y mis palabras hacían que para él el resto del universo guardase silencio. Cayó en mis redes al mismo tiempo que mi cuerpo también se enredaba, y antes de que pudiese volver a tomar el mando ya nos habíamos perdido ambos, y el desenlace trágico era irremediable…
O eso creí yo mucho tiempo. Los seis largos años que pasé encerrado en el internado me dieron motivos suficientes para pensar que todo había acabado, que nunca volveríamos a vernos. Seguramente nuestra extraordinaria complicidad se habría desdibujado en el transcurso del tiempo, mientras él seguía dando misa y yo dejaba la niñez para entrar en la adolescencia.
Nunca pensé que volvería a sus brazos. Que se acordaría de mí y me acogería una vez más, como si fuese el hijo pródigo (o quizás la esposa pródiga). Si alguien me hubiese dicho que acabaría aquí, echado en su cama, compartiéndola con él… no lo hubiese creído. Pero es entonces cuando miro hacia la mesilla y veo ahí encima, con su fino marco de plata, mi foto con el traje de marinero. Me siento ridículo, hace ya tantos años que tomé la primera comunión… sin embargo, cuando veo ahí mi foto, siempre viene a reconfortarme la idea de que él tampoco dejó nunca de pensar en mí.


8. Sexo


9. Chichón
[Yaminlah, Alan, Moquito, Ribb y Pompón] Accidente doméstico
Las gatas, que jugueteaban revoltosas, parecieron quedar quietas al verse interrumpidas por el llanto del niño. Yaminlah lo sienta en la cama y se acuclilla delante de él.
- Shhhhhhhh, venga neno, que no es nada… voy a ir a por un poco de hielo, ¿te parece? Quédate aquí sentado… ays, joder, te está saliendo un chichón… bueno, espera, que con hielo se baja…
Yaminlah sale corriendo hacia la cocina y vacía una de las cubiteras en una bolsita de plástico. Sigue oyendo a Moquito llorar en la habitación.
- ¡Ya va, ya va!
Sale rápida de nuevo y entra rauda en la habitación, pero antes de poder acercarse tropieza de bruces con una figura quieta en el centro de la habitación que antes no estaba. ¡Mierda!, maldijo para sus adentros. Esa vez, y sólo por esa vez, hubiese dado lo que fuera porque Alan tardase más de la cuenta en llegar al relevo.
- ¿Se puede saber qué coño ha pasado?
- Me di la vuelta un segundo, Alan. UN SEGUNDO. Estaba cogiendo mi cartera y… no sé cómo, tropezó con la alfombra y se ha dado con la mesa… - un poco congestionada por la situación del crío, pero reacia a llorar, que ella es una chica fuerte. Seguramente Alan montaría en cólera y tocaría aguantarle tres días refunfuñando por las esquinas y tratando a puntapiés el mobiliario de la casa.
- Lárgate. ¡Venga! Es importante que no llegues tarde – le quita la bolsa de hielo de la mano – Ya me encargo yo de esto.
Yaminlah no da crédito a lo que ve, pero desearía que su hermano fuese así más a menudo. Se limita a asentir, coger sus cosas y murmurar una escueta despedida. Antes de desaparecer por la puerta le recuerda a Alan que le de uso al hielo. Cierra.
Alan titubea un instante. Primero mira la bolsa de hielo, que se siente húmeda y fría en la mano. Luego mira a Moquito, que le presta total atención con los ojos llenos de lágrimas.
- Ay, Señor, qué drama…
Se agacha y coge al niño en brazos, cargándoselo en la cadera para tener una mano libre con la que sujetarle el hielo. Al principio se revuelve un poco, pero termina por descubrir que esa cosa tan fría alivia el dolor.
- Pobre tita Yamin, ¿eh? La pobre no da abasto y encima los enanos no dejáis de putear - avanza con el niño en brazos hacia el salón, despacio, hasta apoyarse en el borde de la ventana, mirando al exterior - Estáis haciéndole pagar por lo mucho que la cuidé y protegí yo de pequeña… - Moquito no entiende nada pero le tranquilizan las palabras de su ‘padre’, ahora que ya no le duele tanto la cabeza deja de llorar y se acurruca contra el pecho de Alan – Menos mal que aún no me he olvidado de cómo se cuidan ciertas cosas… - Le pasa la mano por el pelo al pequeño y le besa suavemente la cabecita.


10. Silencio

11. Hospital

12. Tacones

13. Amigo
[Ryu e Ícaro] Relaciones peligrosas
Era una de esas noches en las que Ícaro se quedaba a dormir en la casa de su mejor amigo para poder estar cotorreando sin parar. Sin embargo, aquél día era especial. Toda la noche era una sesión monotemática, y es que la noticia era un auténtico bombazo: ¡Leo e ícaro saliendo! Tras días, semanas y meses de amistad, enfados, reconciliaciones, tensión sexual… finalmente habían dado el paso.
Ícaro estaba medio tapado en la cama, mirando al techo con la vista perdida en algo mucho más lejano. Ryu, en pijama sentado sobre la cama, le increpaba intentado comprender.

- Es que no me puedo creer que estéis saliendo – se lamentó Ryu.
- Es como un sueño hecho realidad – con una sonrisa llena de ilusión.
- Qué va, es la hecatombe, ya lo verás… algún día te arrepentirás y te acordarás de que tu mejor amiga te dijo que era una mala idea.
- Bueno… - Ícaro se encogió de hombros – El tiempo ya te dará la razón… pero por el momento pienso disfrutar al máximo de que le tengo.
- No te merece y no quiero que te haga daño… - Ryu estaba seguro de que su mejor amigo acabaría sufriendo, como siempre.
- En las relaciones, a la larga, siempre se acaba pasando mal.
- Vale, vale… si yo no digo nada… supongo que si tú eres feliz y estás contento…
- Supongo que siempre he estado enamorado de él, da igual con cuántos haya salido desde que lo conozco…
- Ya, si el amor es ciego, claro que sí… - Ryu nunca lo entendería.
- Supongo que simplemente trataba de evitar ilusionarme, Leo estaba fuera de mi alcance.
- Pero es un egoísta, toda la vida ni contigo ni sin ti; porque anda que no se ponía pesado cada vez que te echabas novio…
- Pobre. Es que es como un niño… - se echa a reír.


14. Cacahuetes
[Aristeo, Rowan y Apolo] Tarde en el parque
Con un par de gestos le indicó lo que debía hacer: estar muy quieto y dejar la mano abierta, cerca del suelo. El niño asintió convencido de haber entendido la estrategia y se alejó corriendo algunos metros para poner en marcha la nueva táctica.
- No veo yo muy convencidas a las ardillas, ¿eh?
Rowan se rió.
- Supongo que es lo de menos… míralo como disfruta.
Apolo esboza una sonrisa y entorna los ojos.
- Ya - contesta - Le gustan tanto todos los bichos…
- A todos los críos, supongo.
- A mi me gusta porque es la única forma de poder comer variedad de frutos secos, que hace ya mil años que no hay por casa. Desde aquella bolsa de cacahuetes malos que encima eran de los caros…
- Pobres, qué asco daban… yo creo que ni siquiera llegamos a acabarlos, ¿no?
- Yo cuando me muera quiero reencarnarme en una ardilla.
- Espero que no sean monógamas, porque ibas a pasarlo mal…
- Qué va…
- ¿Qué va? – Rowan se agachó a frenar la feliz carrera de Aristeo, que había conseguido que las ardillas se llevasen un pedazo de nuez.
- Supongo que intentaría meterme en medio de alguna pareja célebre, como Chip y Chop o algo así…
- Pe… ¡pero Apolo!
- ¿Qué?
- Anda que… menos mal que no te oye.

15. Manos


16. Agridulce


17. Sueño


18. Viaje
[Nieve y Escarcha] Buscando una nueva vida
Una pareja dominante y sus cachorros eran el núcleo del grupo. Nieve pertenecía a un clan pequeño y primitivo de lobos, pero tuvo que marcharse cuando nació su hermana. Escarcha nació pequeña y débil (años más tarde algún médico le detectaría un problema congénito en el corazón). Nadie estaba allí dispuesto a cargar con el peso de sacar adelante un cachorro enfermo. La hembra alfa no tenía ninguna misericordia para aquella hermana bastarda de sus hijos. Su propia madre se sentía avergonzada y no estaba dispuesta a invertir su energía en una cría sin garantías de salir adelante.

Sin embargo, Nieve estaba encantada con ella. Había esperado muchos años a que hubiese en su familia alguien de su nivel, que no fuese simplemente su hermano de padre como todos los demás. Además, era tan dulce y chiquitina que despertaba en ella un prematuro instinto maternal, con esos enormes ojos dorados y las atentas orejitas peluchosas.

Pasaba el tiempo y las cosas parecían volverse cada vez más contra la pequeña. Estaba claro que su flaqueza no era algo pasajero, la niña era de salud frágil y los individuos enfermizos son un punto débil que el grupo no se puede permitir.

Una noche, antes de que se deshiciesen de la pequeña, Nieve la cogió y huyó con ella en un arrebato de rebeldía adolescente. Se adentró en el bosque con la niña en brazos y siguió caminando, durante largo tiempo. No tenía intención de volver. Atrás quedaban sus padres, su territorio y todo lo que hasta entonces había sido su vida. Pero no estaba triste, es más, llevaba el corazón alegre y el paso ligero, ansiosa por descubrir lugares nuevos, por hacerse con su vida y ver qué le esperaba más allá, al otro lado del horizonte. No tenía miedo de nada, estaba en la cumbre de la cadena alimenticia. Había oído hablar de lobos solitarios y estaba segura de que se las arreglaban bien para sobrevivir. Además, ella no estaba sola. Escarcha le daba trabajo suficiente como para estar entretenida. Cambiaba caza por leche en los mercados mientras la pequeña caía y recaía, aunque siempre conseguía recuperarse. Nieve estaba convencida de que todo lo que le faltaba de salud lo tenía de ganas de vivir, y ella iba a ayudarla.

Juntas sobrevivieron mucho tiempo. Había rachas mejores y peores, pero siempre salían adelante. Llegaron a pueblos perdidos, a aldeas encantadas, atravesaron también bosques viejos y profundos, olvidados y jamás surcados por las rutas del mundo. Conocieron animales nuevos, y también los probaron. Algunos recordaban a cosas conocidas y otros eran seguramente criaturas aún por descubrir y catalogar. Encontraron personas amables, personas hurañas, e incluso se cruzaron con otros lobos solitarios.

Hasta que un día se toparon con el lobo que les habría de dar de nuevo un clan en el que serían bien acogidas…


19. Música
[Rosenrot] Ojitos separados
Desde luego su rareza era el motivo principal de su encanto, lo que le hacía exótica, lo que le hacía distinta. Los enanos con números grotescos de humor eran una charrada típica en los circos. Casi todo el mundo había acudido en su más tierna infancia a contemplar junto con sus padres alguna de esas exhibiciones de ‘maravillas humanas’ en las que se exhibían, entre otras cosas, personajes menudos. Pero ese no era el lugar de Rosenrot, que nunca había reído con payasos, ni había visto contorsionistas o domadores de fieras. Su vocación era la música, el baile, el carmín, las plumas, una silla. Igual que la del resto de las chicas que trabajaban con ella en el cabaret; aunque sus virtudes eran distintas, sus sueños eran los mismos. Era el mundo en el que se había criado y le fascinaba; la vida nocturna, el local de dos pisos, las conversaciones de los feligreses habituales sobre el arte, el opio, la luz velada de los focos, el alcohol, los pesados cortinajes de humo, la absenta, la música… todo ello embriagaba los sentidos y purificaba el alma, desterrando a las penas en el olvido al son de acordes inverosímiles.

Y es que Rosenrot realmente tenía talento. Disfrutaba empolvándose la cara, pintando los pequeños labios de rojo intenso. Nunca olvidaba resaltar sus ojos dispares ya que corrían el riego de pasar desapercibidos si no eran subrayados, tan diminutos y arrinconados eran. Tenía de todo a su medida: medias minúsculas, falda de muñeca y un corsé imposible de lo pequeño que era, tan estrecho que parecía hecho para ahogar los flancos de una espigada sílfide. En una caja de caoba guardaba sus joyas favoritas: collares de perlas y gargantillas de cristal. Y como, toque final, los zapatos. Tenía unos preciosos tacones negros con los que se movía elegantemente a la perfección. Habían sido hechos a medida por un laborioso zapatero que se esmeró en dejar patente su pericia con las dos pequeñas obras de arte. Cada detalle estaba minuciosamente escalado, como sucedía con el cuerpo de la dueña de todas aquellas cositas. Salpicada de lentejuelas, brillaba como una rutilante estrella que se forma, pero que nunca crece. Subida en el escenario, nadie echaba de menos esos centímetros nunca alcanzados. Estaba perfectamente proporcionada, tanto que parecía difícil adivinar su tara si no se la veía al lado de las otras chicas. Pero aún así, siempre se escuchaba alguna risa entre el público cuando el telón le daba paso. Algunos comentarios crueles se disolvían algunas veces entre los primeros murmullos burlones. Sin embargo, todo el local enmudecía cuando empezaba a cantar. Verla bailar era una delicia exótica, frágil y sensual…


20. Pijama
[...] 
...

xx. ??





P e r s o n a j e s (o r d e n  a l f a b é t i c o)


Aristeo
Hijo (natural) de Apolo. Tiene una deficiencia auditiva total, aunque cuando sea mayor y tenga el oído desarrollado tal vez puedan operarle. Quiere mucho a su padre y a sus tíos Rowan y Óscar, los tres le tienen muy consentido.

Elsa
Muy alocada y extrovertida. Le encanta el estilo punk, los animalitos, los colores imposibles y los cuadros escoceses. Es la pequeña de sus hermanos y sus diabluras siempre traen de cabeza a todos los que la rodean.

Jimmy
Jovencito, mono y con pinta de inocente, pero bajo tan dulce apariencia se esconde una personalidad un tanto caprichosa y manipuladora. Nunca pudo olvidar a su primer amor, y tampoco dejó de luchar hasta conseguirlo.

Masquerade
La encarnación de la peste que aparece en el relato de ‘La máscara de la muerte roja’ de E. A. Poe.

Rosenrot
Cantante de cabaret. A parte de por su peculiar rostro, también es famosa por su corta estatura.

Rowan
Médico especializado en enfermedades infecciosas. Comparte trío con Apolo y Óscar; desde que los tres se conocieron siendo adolescentes en el campamento sus sentimientos quedaron marcados, y cuando pasaron los años volvieron a acabar irremediablemente juntos los tres.