viernes, 7 de octubre de 2016

¿Dónde están los niños?

Rischa y Azafrán son dos personajes que nacieron en el Metro de Madrid. Este relato pertenece a esa historia y se desarrolla en un universo y circunstancia que no tienen nada que ver con el Flying Mariposita. Sin embargo, no deja de ser el mundo que les vio nacer y siempre me da mucha ternura recuperarlo. Aunque sea un breve fragmento.



Cuando despertó yacía todavía bocabajo contra el suelo. La máscara se había descolgado y tenía la mejilla derecha hundida en la tierra húmeda. Un raspón le ardía en la cabeza, empapándole la frente de sangre fría y pegajosa. Se lamió los labios intentando encontrar un sabor distinto a aquella venenosa mezcla acre y metálica que le invadía la boca. Al primer intento de moverse, un latigazo de dolor lo aplastó contra el suelo con su despiadada mano de hierro. Le costó varios minutos zafarse del abrazo magnético que lo paralizaba y derrumbaba una y otra vez, como si de una débil virutilla de metal se tratara. El cuerpo del muchacho respondía a trompicones a las exigencias de su dueño cuando, por fin, consiguió ponerse en pie con la ayuda del árbol que horas atrás le había puesto la zancadilla a traición. Con la espalda recostada contra el tronco, esperó a que el mundo dejase de dar vueltas a su alrededor para examinarse a sí mismo. Se recolocó la máscara antigás, los guantes, el cinto. Al menos seguía de una pieza, aunque el tobillo diestro se sentía preocupantemente hinchado bajo la bota. Y dolía. Vaya si dolía.
Aguardó en silencio, escudriñando en todas direcciones a través de sus cristales embarrados. Por la parduzca claridad creciente dedujo que el amanecer se estaba acercando. Tenía que moverse, y deprisa. Con mucho esfuerzo consiguió hacerse con el control de sus piernas. Avanzaba cansina y torpemente, renqueando a causa del tobillo herido, hasta que de pronto una idea deprimente lo golpeó, casi hasta hacerlo caer. La idea de que no tenía adónde ir. Les había perdido la pista a los niños hacía más de un día, y las horribles huellas que las bestias habían dejado sobre el pequeño campamento hacían obvio ver que les había sucedido algo terrible. A Nuria también. Despedazada por monstruos. Ése había sido el terrible destino que su madre había predicho y que Rischa se había comprometido a evitar a toda costa. Y, sin embargo, no había podido eludirlo. El acoso de los depredadores, el hambre, la fatiga… no había servido nada. La misión había terminado con un desolador resultado de fracaso absoluto.
Rischa había conseguido arrastrarse hasta el margen de un pequeño arroyo. Se sentía débil, muy débil. Su cuerpo era un pesado lastre que le costaba horrores arrastrar. Pero mucho peor era cargar con su corazón, un corazón que se había vuelto iridio de repente. Frío, quebradizo e infinitamente denso, parecía haberle dejado de latir dentro del pecho. Intentó agacharse, pero prácticamente se derrumbó al borde del agua. Ya no le quedaban fuerzas para nada. Lejos del metro, sin víveres… no tardaría en morir. Ya fuera por inanición o alimentando a las alimañas, el cómo era lo de menos. Lo verdaderamente importante era que en aquellos momentos no podía aspirar a más. Y tampoco había nada que el muchacho pudiese hacer para cambiar su suerte. ¿Quizás pegarse un tiro? No le quedaba el suficiente valor. Estaba harto de violencia, harto de sufrir. No, claro que no. Le tenía demasiado apego a su vida. Tuviese sentido o no, lo único que se veía capaz de hacer era aferrarse a ella. No, no se quitaría de en medio. Por el contrario, se arrastraría, sí, como había hecho durante toda su vida, como hacía toda la humanidad. Se arrastraría miserablemente aguardando el momento en el que le llegase la hora. Se hiciese esperar más o menos.
Abrumado, sacó mecánicamente su botella vacía de plástico, sucia y arrugada. Desenroscó el tapón con dedos torpes y éste sólo necesitó un momento para saltar y desaparecer en la espumeante corriente. «Poco importa ya», pensaba mientas hundía la botella en el agua. Estaba fría. Y sabía distinta. Quizás fuese simplemente que no sabía a polvo y moho, pero lo cierto es que resultaba refrescante y apagaba con rapidez la sed. Agitó la botella y miró a través de ella. El líquido lucía límpido, tan cristalino como el aire. Centelleaba coqueto con las primeras luces del alba, dejando que la luz lo atravesara y bruñera a la vez. Y entonces la vio.
Por un momento creyó que había sido un espejismo, pero bajó la botella y abrió bien los ojos. No le cabía la menor duda. Allí, río abajo, el mismo traje aislante de color verde militar. La misma persona adulta que se había llevado a los niños. Rischa no titubeó ni un momento.
- ¡Tú! – gritó mientras se acercaba dando tumbos hasta la borrosa y, a la vez, inconfundible figura. Pero ésta no parecía inmutarse. Estaba llenando su propio bidón de agua con parsimonia, como si hubiese pertenecido a una dimensión paralela que distase años luz de la de Rischa.
Él empezó a dudar de si realmente era capaz de emitir sonido alguno. Sentía la garganta penosamente rasposa y su lengua parecía haberse vuelto un trapo fofo e inútil. Pero no iba a darse por vencido tan fácilmente. Se llevó una vez más la botella a los labios y dio un largo trago. Cogió aire hondo y volvió a elevar la voz, esta vez con todas sus fuerzas.
- ¡Eh, tú! Joder, ¿no me oyes? ¡Te estoy hablando!
La neblina estaba empezando a espesarse, pero la distancia que los separaba era ahora de apenas cinco metros y a medida que se acercaba podía ver mejor aquella figura. Era más pequeña de lo que había imaginado en un principio, transmitía incluso cierto aire de fragilidad. El traje aislante estaba viejo, raído y hecho, como poco, para una persona el doble de grande que aquella que lo vestía. Pero se la veía, a la vez, tan segura de sí misma… como protegida por un campo de fuerza invisible que le permitiese bajar la guardia y moverse a su antojo. Rischa apretó los puños con rabia. El corazón volvía a golpearle desbocado contra las cotillas. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron en una actitud totalmente opuesta a la de su adversario. Seguía vivo. Y había llegado hasta allí. Ahora sabía el motivo y tenía una idea clara que lo que debía hacer. No iba a marcharse de este mundo sin respuestas.
- ¿Dónde están los niños? – bramó. Se oyó a sí mismo una voz quebrada que no tenía nada que ver con rencor que bullía en su interior con fuerza.
Pero por respuesta sólo recibió una despreocupada mirada de soslayo. No podía soportarlo más. Cogió el rifle que colgaba en su espalda y con tres zancadas encaró a aquella abominable criatura. Apuntó directamente al pecho, quitó el seguro.
- Te he preguntado… – repitió, cogiendo aire con dificultad – que dónde coño están los niños.
El individuo se quedó parado, vencido hacia el costado, con el pesado bidón colgando de una mano. Era imposible adivinar las reacciones de la persona bajo aquél pellejo flácido de plástico, pero Rischa hubiese podido jurar que se encontraba frente a una respiración relajada y unos nervios tranquilos. Tan quieto… fue imposible prever el rodillazo que golpeó su entrepierna unas milésimas de segundo después de que cañón de su arma fuese desviado de un manotazo.

Perdió el aire que circulaba por sus pulmones. Se dobló como un pelele y cayó al suelo mientras un montón de puntitos de colores danzaban ante sus ojos. Primero sintió náuseas. Luego, las moscas hediondas que teñían de negro el borde de su campo visual fueron avanzando hasta que sólo pudo ver un punto de luz lejano. Pequeño, tan pequeño, que terminó por desaparecer. Y todo se quedó a oscuras.


jueves, 6 de octubre de 2016

Blanco y rojo

Gotas de saliva y sangre tosidas contra el cristal de la escafandra le nublaban el camino, salpicándolo de fantasmales molinillos y engañosas amapolas de aroma metálico.

Blanco y rojo sobre un paraje sin colores.

Hacía ya mucho tiempo que había olvidado lo que era un campo en flor. De hecho, ni siquiera estaba segura de si alguna vez había llegado a contemplar uno o simplemente lo había imaginado a partir de una torpe mezcla de fotos viejas y sueños rotos.

Lo que sí sabía a ciencia cierta era que lo añoraba. Que su cabeza siempre que podía se ponía a dibujarlo a escondidas y le llenaba el paisaje de hermosos espejismos del pasado.

Blanco y rojo. Luz y muerte.


viernes, 20 de mayo de 2016

¿Bailamos?

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Haldis: ¿Qué pensaste de mí la primera vez que me viste?
Dougaan:
Haldis: ¿Qué? Venga sé sincero… prometo no enfadarme.
Dougaan: No me siento especialmente orgulloso… y no quiero herir tus sentimientos…
Haldis: Oh, venga, yo tampoco pensé nada bueno de ti la primera vez que te vi.
Dougaan: ¿En serio?
Haldis: ¡Oh, venga, claro!
Dougaan: ¿Qué pensaste de mí?
Haldis: Que eras enorme y… ¡azul!
Dougaan: Eso tampoco es… malo. Yo pensé que tenías mucho pelo.
Haldis: ¿Mucho pelo?
Dougaan: Sí, bueno… me llama la atención, nosotros no tenemos.
Haldis: ¿En serio, mi pelo?
Dougaan: ¿Por qué te extraña tanto? Bueno, sé que para vosotros es normal, pero…
Haldis: *Se ríe*
Dougaan: ¿Te parece divertido?
Haldis: Generalmente oigo cosas en plan… “una cara tan bonita no debería tener unas cicatrices tan feas”…
Dougaan: ¿Cicatrices? ¿Qué tienen de malo tus cicatrices?
Haldis: No lo sé… que una señorita no debería pelear, supongo.
Dougaan: Una señorita… tenéis cosas muy extrañas.
Haldis: ¿Extrañas? ¿Por?
Dougaan: No comprendo bien ese tipo de… cosas. Nosotros no… tenemos esas diferencias.
Haldis: ¿Diferencias?
Dougaan: Sexo.
Haldis: ¿Qué es que no tenéis sexo?
Dougaan: Tenemos… los dos. ¿No lo sabías?
Haldis: ¿QUÉ?
Dougaan: Somos lo que creo que llamáis… hermafroditas.
Haldis: ¿Qué, en serio? ¿Tienes dos sexos? ¡Tengo que ver eso!

jueves, 21 de abril de 2016

Brebaje curativo II

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La pelirroja alargó el brazo hasta poder remover dentro de una pequeña caja de ébano. Si tenía suerte, quizás todavía quedase algo… TinHinan tenía la vista perdida y no reaccionó hasta tener justo delante de las narices el trozo de chocolate que Azafrán le tendía. Le sonrió al cogerlo y le dio un bocado.

- No estoy nada acostumbrada a estas… atenciones. He estado toda mi vida rodeada de tíos y lo más bonito que han hecho por mí cuando tenía la regla ha sido evitarme como si estuviese apestada – Azafrán también comía chocolate.

- ¿Por eso me tratas así?

Qué pregunta tan incómoda. Azafrán había sido especialmente dura con ella y en aquel instante se sentía fatal por ello.

- ¡No! Bueno… no sé. Supongo que te trato así porque soy desconfiada en general. Además, no estoy acostumbrada a… fiestas de pijamas de chicas y cosas así, ¿sabes?

Tin Hinan volvió a guardar silencio, como perdida en sus propios pensamientos. El ambiente en la habitación había cambiado radicalmente y Azafrán se sentía… extraña. El calor de las semillas del saco de térmico, de la infusión, de una palabra amable, de algo parecido a una amiga… resultaba reconfortante y extraño a la vez. Como si estuviese metida en la piel de otra persona, como si no fuese ella misma. Aquella tipa azul era rara y misteriosa, muy diferente a cualquier otra persona que hubiese conocido antes. Y eso despertaba sentimientos encontrados bajo su pecho.

- Cuando me recogisteis… ¿recuerdas lo que dijiste?

Azafrán se sorprendió con la pregunta.

- Pues… no, la verdad es que no. Que si querías venirte con nosotros, supongo.

- Me dijiste que no me ibas a entregar. Que me dabas tu palabra de que no ibas a hacerlo - TinHinan levantó la vista hasta mirarla a los ojos- . Y vi en tus ojos que lo decía de verdad, que creía en lo que estabas pronunciando, que respaldabas cada una de tus palabras con tus valores personales. Me diste tu palabra porque eres noble de corazón, porque  crees en el compromiso y en el honor. Y por eso yo acepté. Sabía que no me mentías.

Azafrán no sabía si sentirse incómoda o halagada, pero no pensaba tomárselo demasiado en serio.

- Seh. No me hubiese jugado mi palabra con una mentira de mierda como esa…

- Lo sé. Y respeto que quieras esconder esa parte de ti, así que… simplemente te pido disculpas por haberla descubierto.

Parecía haber un tono sinceramente conciliador en sus palabras, pero eso no evitaba que la pusiesen nerviosa. ¿Realmente estaba intentando ser su amiga? ¿Serviría de algo seguir resistiéndose? La miró largamente, evaluando. TinHinan parecía tan aguda, tan rápida… muy capaz de leer más allá de cualquier palabra y cualquier gesto. Seguramente ya tuviese una idea bastante clara de cómo había sido la vida de Azafrán. Qué tendría de malo añadirle a la historia los pequeños detalles…

- No, da igual. ¿Sabes por qué me jode? Porque tienes razón. Nací en MolrFort, en una familia acomodada, nunca me faltó de nada... ¡la pequeña de tres hermanos, imagínate! Una cría perfecta, muy querida y mimada. Pero luego crecí y mis sueños pasaron a ser, por así decirlo… bueno. No eran lo que esperaban mis padres.

- Suele pasar. – TinHinan escuchaba con atención.

- Siempre me quedaba anonada cuando montaba en el E-Motion con mi padre. Fantaseaba preguntándome cómo sería la sensación de estar a los mandos de aquél vehículo intercontinental de cuarta generación. Cómo sería ponerlo a máxima potencia y dejarlo correr. Dejarlo correr como un caballo desbocado, sin frenos, sin fronteras, sin límites, sin metas, cruzando el horizonte una y otra vez, sin mirar atrás. Eso por supuesto, nunca ocurrió… de hecho nunca toqué el E-Motion de mi padre. Pero sí el de mi hermano… se lo compraron al cumplir dieciocho y sacarse el carné de conducir. Yo sólo era una cría chiflada con once años recién cumplidos a la que le hacía TANTA ilusión… no le dejé a mi hermano ni siquiera terminar de explicarme cómo funcionaban los mandos. Había imitado tantas veces aquellos movimientos que sabía perfectamente lo que hacer. Y así es como ya me eché a perder para siempre… en poco tiempo corrió la voz de que conducía muy bien… ¡y sin licencia!
» Allí es tradición, cuando una chica cumple catorce años, regalarle un tipo de muñeca especial y pasar a considerarla adulta. Yo, como todas, me moría por tener mi muñeca, cara y delicada. Una muñeca de adulta. De hecho, tenía incluso un aerodeslizador a escala esperándola, lo había construido usando la de mi hermana como referencia de tamaño. Pero una semana antes de cumplir los catorce, mi padre me llamó a solas para hablar seriamente conmigo. Me dijo que ya tenía edad para empezar a decidir lo que sería de mi vida, y que después de mucho pensarlo, había decidido ser condescendiente conmigo y darme dos opciones. Podía coger mi muñeca y aceptar mi lugar en la sociedad, renunciando a comportarme como un “chicazo”, como él decía. O podía ingresar en la academia de vuelo de las Fuerzas Armadas, renunciando a mi nombre, a mi apellido y dándole la espalda a mi familia para siempre.
» Fue una decisión dura de comunicar a toda la familia; pero no difícil de tomar. Mi padre tenía contactos… conocía a gente influyente. Recibí una Identificación Personal con mi nuevo nombre y mi nuevo apellido, todo legal. Y en ese momento decidí que jamás volvería a cambiar de nombre, porque jamás volvería a tener uno. Yo soy yo misma y punto. Digan lo que digan los papeles, el ADN o mi rango militar. Por eso dejo que cada cual me llame como le dé la gana. Sé lo que he sido hasta el día de hoy, y qué quiero ser el día de mañana. Cómo me llamen… no cambia nada.

TinHinan esbozó una sonrisa y alargó una mano para estrechar la de Azafrán. No estaba sorprendida por el relato, pero sí por el hecho de que Azafrán se hubiese soltado a contarlo. Era tan directa, tan indómita e impulsiva. Recelosa como un animal salvaje… pero también generosa e intuitiva, capaz de entender que ella no quería hacerle daño.

- A mí Azafrán me parece que te está perfecto…

Y la piloto le devolvió la sonrisa.


miércoles, 20 de abril de 2016

Brebaje curativo I

Azafrán apoya la pálida luz de su linterna por el suelo del transbordador espacial. Lo conoce como la palma de su mano: cada desnivel, cada esquina, cada escalera… y sin embargo siempre hay que tener cuidado. Las sacudidas y las maniobras bruscas a menudo dejan caer objetos al suelo: mangueras eléctricas, cajas, un vaso. Es algo imprevisible. Incluso los muebles atornillados se sueltan. Un campo de batalla con gravedad artificial por el que avanza, dirigiéndose hacia el dulce ronroneo del motor. Un giro a la derecha y ya está dentro de la pequeña salita de los trastos. Es el lugar ideal para encontrar la tontería perfecta para matar las horas de insomnio y olvidar el dolor por un rato. Un libro, un videojuego o un viejo cuaderno; cualquier cosa mejor que quedarse dando vueltas en la cama.

Palpa el panel derecho y en un momento se hace la luz, pero antes de que sus pupilas puedan contraerse ya sabe que no está sola. Sólo necesita unas décimas de segundo para dejar caer la linterna y desenfundar una pequeña navaja de mano.

- ¿Pero qué coño…? – Pregunta en voz alta, con el corazón bombeando adrenalina a toda prisa por sus venas, tensando el brazo con el que sostiene la cuchilla- ¡Ah, joder, eres tú! Me has dado un susto de muerte, mierda...

No tarda en reconocer la figura que está sentada en el suelo con las piernas cruzadas y las manos caídas relajadamente sobre las rodillas. Es esa médico marciana tan rara. No le gusta. No se fía de ella.

- ¿Acostumbras a llevar una navaja en el pijama? – TinHinan apenas levanta la vista para mirarla a los ojos.

- ¡Cállate! – Azafrán se siente estúpida, tensa y recelosa como un conejo –  Aquí las preguntas las hago yo. ¿Qué demonios haces ahí plantada a oscuras a estas horas? ¿Estás mandándole un mensaje a Buda o estás esperando a matar del infarto al primer capullo que pase?

- Medito... estoy aquí porque este habitáculo está más cerca de la sala de máquinas y no está tan frío como mi habitación, que es para morir de hipotermia. Estoy a oscuras porque mis ojos ven de sobra con la décima parte de luz que los tuyos. Y además, no necesito luz para meditar. Sería un gasto de energía inútil. Espero que eso responda a tus preguntas.

Ah, sí, esos jodidos ojos sin pupilas, tan precisos, agudos y perfectos.

- (Ya, claro. Un asesinato sin sangre ni heridas. Y parecía tonta la marciana…) – la piloto maldice por lo bajo mientras remueve algunos cajones cargados de trastos inútiles.

- ¿Farfullas de mal humor porque no puedes dormir? – la alienígena siempre con su tono tranquilo y monocorde, capaz de sacar de quicio a cualquiera.

- Claro, sí, exacto. Mira qué buena asesina-vidente eres.

- ¿Puedo ayudarte en algo? – TinHinan descruzó las piernas y estiró los brazos por encima de su cabeza.

- Pues mira, la regla me está matando. Quizás podrías hacerme un extirpado general y dejaría de dolerme como si me hubiesen dado una paliza – primer día de menstruación, Azafrán no tiene paciencia para nada.

- Entiendo – dijo mientras se ponía en pie y se acercaba –. Sí que puedo darte algo para el dolor – ahora Azafrán la tenía muy cerca, cotilleando impertinentemente por encima de su hombro.

- ¿Ah, sí, traficas con drogas? – Preguntó la piloto con sarcasmo – Un poco de morfina me vendría genial.

- Pensaba en algo más suave que la morfina… pero no menos eficaz. En un rato te lo llevo.

- Cojonudo… te espero en mi cuarto – suspiró cansada dejando caer el cajón de trastos de vuelta en su sitio –. Llevo la navaja, así que cuidadito con intentar envenenarme. Si no es un veneno rápido y fulminante acabarás peor que yo – la miraba profundamente mientras dejaba caer la amenaza que estaba totalmente dispuesta a cumplir. Pero aquella maldita matasanos ni siquiera se inmutaba, maldita sea.

- Tomo nota.


***


Azafrán se arrastró de mala gana de vuelta hasta su compartimento. Fría, mojada y estúpida. Así se sentía. Pero no le dio tiempo a autocompadecerse mucho. Todavía estaba acomodándose y tapándose en la cama cuando empezó a escuchar los pasos que se acercaban.

- ¿Estás ahí? – La médico se asomó tras llamar a la puerta – Mira, ponte esto aquí, está caliente… y esto para que te lo bebas poco a poco.

Se había arrodillado a sus pies para colocarle algo así como un saco térmico caliente sobre el vientre y le había dejado una taza humeante en las manos.

- ¿Qué clase de brebaje ponzoñoso de bruja es este? – Azafrán arrugó la nariz al meter el hocico en aquellas espirales de vaho cargadas de un olor extraño.

- Es… una infusión de hierbas medicinales. Es poco más o menos lo mismo, pero dicho sin desprecio. Tómala, te aliviará el dolor- TinHinan esbozaba una sonrisa algo ladeada mientras se sentaba a su lado y escurría los pies bajo la manta.

- Ahá… – fijó sus pupilas en el líquido aromático y parduzco.
Y la habitación se quedó en silencio. Azafrán sólo tenía una pregunta, pero no quiso hacerla en voz alta…

¿Por qué haces esto?

viernes, 15 de abril de 2016

Un hombre y su rifle



Un hombre y su rifle.





Bueno...





... quizás un rifle no sea lo más importante en la vida de un hombre.


jueves, 10 de marzo de 2016

El pasado militar de una piloto



Azafrán: Tú no sabes nada. No tienes ni puta idea.

TinHinan: Oh, claro que sé. Sé más de lo que piensas. Llevo una semana encerrada con vosotros. He visto, he oído. He aprendido.

Azafrán: ¿Sí, en serio? ¡No me digas! ¿Y qué coño se supone que te crees que sabes?

TinHinan: La muchacha sin nombre a la que su compañero llama Azafrán. Él no lo sabe, pero no pudo estar más atinado al escoger tu nombre. ¿Lo hizo porque tienes el pelo de color naranja? ¿O porque eres una especia rara y amarga, difícil de conseguir, pero cargada de beneficios inimaginables para aquellos que te buscan y tratan con paciencia? Te he visto pilotar, Azafrán. He visto cómo… mueves esta cafetera vieja y austera. ¿Dónde pudiste aprender a volar con una maestría así? Sólo en el ejército. Obviamente, no hay academias de vuelo civiles capaces de formar a una piloto como tú.

Azafrán: Oh, estupeeeeeeendo. Serví al ejército, como gran novedad de la tarde.

TinHinan: Por eso vas tapada cuando sales. No lo haces en privado ni con rigor, por lo que descarté que fuese por motivos religiosos. Simplemente es obvio que te movías por un ambiente en el que ser mujer no te suponía ninguna ventaja.

Rischa: Todos sabemos que estuvo en las fuerzas aeroespaciales.

Azafrán: Chúpate esa, listilla. Suenas como una novela barata de Conan Doyle.

TinHinan: Rischa, ¿quién fue Conan Doyle?

Rischa: Pues, em… no sé. Un tío que escribía novelas, ¿no? Eso acaba de decir.

TinHinan: Venís de escalones sociales muy distintos. Rischa ni siquiera sabe quién es, sería incapaz de una referencia literaria como la tuya. La boca te delata y te pierde, Azafrán. Deja ver que eres de buena cuna y que fuiste bien enseñada. ¿Por qué vagar por el mundo cuando una puede tener una vida cómoda y relajada en un planeta tranquilo? Estoy segura de que es el precio que pagas gustosa por poder volar libre.

Azafrán: No voy a oír una palabra más. Acabaré por entregarte a la justicia si no te callas.

Azafrán abandona airada el camarote y la habitación se queda en profundo silencio. Rischa deja pasar unos instantes prudenciales antes de volver a abrir la boca.





Rischa: ¿Y en serio puedes saber todas esas cosas… sólo con mirar a la gente? ¿Tienes algo así como poderes o…?

TinHinan: Qué va… si los tuviese hubiese sabido cuánto le iba a doler lo de “cafetera voladora” y me hubiese ahorrado el odio eterno de Azafrán. Pero bueno, lo hecho, hecho está. Espero que algún día me lo perdone.

Rischa: No parece que vayas por buen camino provocándola de ese modo.

TinHinan: Sí, tienes razón. Pero siempre está a malas y chillándome y mirándome con odio. Me guarda recelo, como si fuese a apuñalaros por la noche mientras dormís. Sin más. Es tan absurdo.