Cada vez que pasa, me quedo mirando. Me gustaría poder decir que la miro a ella, pero no sería justo con la realidad. Lo que mis retinas captan de su silueta dura apenas un instante, unas efímeras décimas de segundo en las que mi corazón se detiene. Pero lo que me obliga a pararme, escrutando largamente el espacio vacío que ella ha cruzado, es un sentimiento que nace más abajo, reptando entre la oscuridad de mis costillas, escondido en lo más hondo de mi pecho. ¿Es admiración? ¿Es envidia? Jamás conocí a nadie tan ligero. Sus movimientos son enérgicos y elegantes, fluidos, como si pudiese huir sin esfuerzo de las leyes de la física; rápidos y precisos, como procedentes de una gracia innata que no puede aprenderse ni enseñarse. Un don divino que los demás solo podemos soñar con contemplar, sumidos en el reverencial silencio de la fascinación más absoluta. Así la observo yo pasar por delante de mí. Enmudecida. Cautivada. Deleitada. Tan egoísta, que a veces me atrevo a desear prolon...
Pobre Donau.
ResponderEliminarLas diez cosas te dejan con ganas de más...
Y pobre Herbert.
Me ha encantado el detalle del nombre ^^
Y lo del lamento, tan triste y bonito al mismo tiempo, que ya notó Herbert en una de las fotohistorias T_T
Uf, pues menos mal que no han sido más, no hubiese sabido qué poner :__D
EliminarEl problema es que seguro que no es Herbert el único que la oye quejarse...
Es una historia muy triste, pobrecilla. Espero que tenga un buen final ^^
ResponderEliminarEl dibujo de ella es muy bonito.