viernes, 7 de febrero de 2014

Cuando nos conocimos

Rischa: La verdad es que no me llamó mucho la atención que se metiera. No era ni de lejos la primera vez que veía a un “espontáneo” meterse en medio de una pelea que ni le iba, ni le venía. Algunos eran héroes, otros buscabullas. Pero todos necesitaban urgentemente comprarse una vida. Una para ellos. Una para dejar de meter las narices en la de los demás.

Azafrán: No sólo se había llevado la del pulpo… joder, esos tíos empezaban a ponerse demasiado cariñosos con él, ¿entiendes? Y no iba a dejar que abusasen de aquel tipo en mis narices… no, joder, ni de puta coña. ¿Sabes lo que dice de ti que seas un tipo grande y te cojas a dos amigos para meterte con alguien más débil y pequeño que tú? Que eres un cobarde de los putos cojones.

Todo pasó muy deprisa. Supongo que porque me pasé demasiado tiempo pensando cómo abordar la situación y se me hizo tarde para actuar de forma racional. Sin darme cuenta, me planté allí tras un par de zancadas y empujones. Aquel tipo grande y grasiento no me vio llegar, pero sí se dio cuenta del cañón que tenía apuntando entre las cejas.

Era el… tipo de trabajo heroico y honrado que me hubiese gustado poder dejarle al viejo revolver de mi abuelo, pero… en aquellos momentos sólo tenía conmigo aquella AL200 semiautomática, tan fría e impersonal… pero bueno, servía para bajarles los humos a los tipos que iban duros. Y en aquél momento era justo lo que necesitaba.

Los amigos empezaron a ponerse nerviosos y el tío masculló algo que sonaba entre fanfarronada y disculpa. Acercarme y retirar el seguro ayudó a acelerar las cosas. Recularon hasta desaparecer entre la gente, que murmuraba, chismosa, con la escena. Cuando estuve segura de que no volverían, me fijé en el muchacho. Flacucho, despeinado, con la cara hinchada y sanguinolenta… y con muy mala pinta en general. Se tambaleaba en un intento bastante torpe de recolocarse la ropa. Pero todo lo hacía con una parsimonia monocorde y pasiva… como si no estuviese aliviado, ni agradecido, ni nada de nada.

Lo primero que pensé fue “joder, esté tío está completamente lelo”. Poco después descubrí que realmente lo que estaba era colocado hasta cejas; pero bueno, para el caso era más o menos lo mismo. Y ahí estábamos los dos, en aquel bar, siendo el centro de tooodas las miradas. Y ahora que la escenita se había acabado, empezaba a ser hora de largarse. Yo estaba dispuesta a escabullirme con la mayor celeridad posible. Pero éste… éste seguía ahí parado, con sus ojos de perro vagabundo clavados en el suelo.

Me dio taaaaanta lástima… que me eché a la espalda lo que parecía ser su mochila e hice que él me pasara su brazo por los hombros. Y hay que joderse… menuda idea la mía. Olía… joder, cómo decirlo de forma fina. A ver… espera, estoy pensando en alguna metáfora. No sé cuál sería la mejor forma de decirlo… el pobrecillo olía como el váter de una discoteca después de un fin de semana demasiado largo. Pero que muy laaaaaaaaaaaaargo. Fue como “OH-DIOS-MÍO-QUÉ-PUTO-ASCO”… lo tenía apoyado contra mí y se me encogía el estómago. Parecía mentira, pero agarrar a ese tipo hacía que tuviese todavía MÁS GANAS de salir de aquel tugurio… y respirar el maldito aire fresco. Así que apreté el paso procurando respirar lo justo para no marearme y, una vez en la calle, busqué una esquina tranquila en la que apoyarlo mientras pensaba qué hacer. Porque no tenía ni la más remota idea.

Intenté preguntarle cosas básicas: su nombre, si tenía amigos, dónde vivía… todo lo que alcancé a deducir fue que se llamaba algo así como “Richard” y que, por lo menos, hablaba mi idioma. A todo lo demás simplemente respondía meneando la cabeza, por lo que tampoco era muy difícil llegar a la conclusión de que simplemente no tenía dónde caerse muerto. Así que no podía dejarlo allí tirado sin más… ¿pero qué iba a hacer con él si me lo llevaba? Yo no soy médico, apenas podría sugerirle algo más que una ducha caliente y un café con sal. ¿Y si se quedaba dormido y no se despertaba nunca? Joder, aquello sí que sería un marrón de campeonato. Un muerto en mi nave… no, ni de coña. Que primero lo viese un médico, por si acaso tenía algo roto por dentro.

Por fortuna, algunos años como cazarrecompensas me habían ayudado a conocer bien ese tipo de clínicas tan populares en los planetas del borde exterior, en las que los médicos remiendan y no preguntan. Parece la solución ideal si uno tiene problemas con la salud y con la policía… pero hay que saber elegir. Por supuesto que hay gente sin escrúpulos que se ofrece a curar sin haber estudiado jamás nada parecido a la medicina: esos son los oportunistas. Son malos, pero no los peores. A los verdaderamente temibles se los conocía como “carniceros” y muchos de ellos eran licenciados que sabían bien lo que hacían. Pero el problema estaba en que… sus verdaderos clientes no eran los pobres desgraciados que se arrastraban hacia ellos en busca de ayuda. No, qué va… aquella gente trabajaba para mafias… traficantes de órganos, traficantes de identidades... podían necesitar un hígado, una dentadura o un cadáver con alguna característica física concreta y oportuna. Los carniceros se encargaban de proporcionárselo por una módica suma. Sin problemas, sin papeles, sin moral. Sólo carne por dinero.

Por fortuna yo conocía al tío Nuaj y tenía buena relación con él, uno de los pocos profesionales limpios y legales que quedaban. Había sido médico militar y como siempre nos habíamos llevado bien me dejaba pagar de… bueno, de manera poco convencional. No… no pienses mal, no es nada de eso. Quiero decir… era un hombre muy interesante a pesar de ser cuarentón, flaco, con la nariz aguileña y los ojos caídos… pero no van por ahí los tiros. Soy O-  y solía pagarle con sangre. Siempre bromeábamos y me decía que era una gran escudera en su lucha contra las heridas del personal.

Pero primero teníamos que llegar a la clínica. Costó un poco que nos cogiese un taxi, pero bueno, al final llegó uno que paró. No, el problema no era el tío con pinta de colgado y potencialmente peligroso para la tapicería… en esos sitios están acostumbrados a llevar a gente así a todas horas. ¡El problema era yo! Se me veía sobria y eso significaba muy probablemente que no iba a dejar que nos robasen… ¡mal asunto! Pero bueno… como decía, un tipo honrado que se conformaba con que le pagásemos la carrera nos cogió y nos llevó hasta el tío Nuaj.

Me lo devolvieron con un lavado de estómago y algunos puntos… sight, ojalá me lo hubiesen lavado también por fuera, pero todo no se puede pedir. Ahora al menos no iba a morirse y podía meterlo tranquila en el Flying Mariposita…

Rischa: Me dejaste durmiendo en la entrada del hangar, ¿verdad? Al menos tuviste el corazón de soltarme en una zona a la que llegaba la calefacción…

Azafrán: Sí, lo sé… me da vergüenza contarlo, dice muy poquito de mí como persona… pero estaba muerta y no tenía ninguna gana de ponerme a arreglar una cama. Y menos ganas tenía de que pisases mi nave sin haberte dado un baño con salfumán. De hecho, nada más llegar lo primero que hice fue descalzarte. Aquellas botas mugrientas y espurreadas sólo podrían tocar mi Mariposita por encima de mi cadáver.

Rischa: ¿Ves? ¡Ya te estás inventando palabras!

Azafrán: ¿inventarme QUÉ?

Rischa: ¡Espurreado!

Azafrán: ¡Eso existe! Si no sabes lo que significa búscalo en el diccionario, que para eso te regalé uno.

Rischa: Sabes que no me apaño para usarlo…

TinHinan: No te preocupes, Rischa. Yo tampoco conozco lo suficiente vuestro idioma… y no sé lo que significa. Si quieres te ayudo a buscarlo, ¿vale? Y de paso voy a traerme galletas. Esta historia está muy interesante.

2 comentarios:

  1. Que corazón tan grande el de Azafrán, tener que cargar con semejante personaje XD Aunque... más bien parece cosa del destino ^^

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    1. Yo creo que sí que calza una talla bastante grande de corazón, jaja. Y el pobre Rischa es un poquillo desgraciado, pero muy buena gente XP

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