lunes, 23 de diciembre de 2013

Betelgeuse

Uno de los mitos cosmogónicos más antiguos de la Galaxia,
que cuenta el origen del Pueblo Sagrado...




Hace mucho, mucho tiempo, cuando los astros aún eran jóvenes, surgió en un planeta acogedor y hermoso la más justa y próspera de las civilizaciones. Su buena ventura y su éxito serían legendarios durante generaciones.

Pero un buen día todo comenzó a cambiar. Su sol se apagó poco a poco, sumiéndolo todo en la más fría y dura oscuridad. Las plantas perdían su color días tras día hasta morir. Los animales enflaquecieron y enfermaron, sus cuerpos se quebraron como el cristal y desaparecieron en la eterna noche.

Hubo una gran Asamblea. Todos los pueblos que habitaban aquella tierra se reunieron para encontrar una alternativa al amargo final que se avecinaba.

- La situación es insostenible. Si no le ponemos remedio, no tardaremos mucho en perecer todos, ya sea el hambre o el frío lo que nos derribe primero. Uno de nosotros debe alcanzar el Palacio del Rey de los Cielos y conseguir que la luz vuelva a brillar para nosotros.

- ¡Ese palacio no existe! El Padre de todos los Vientos nos ha castigado y no hará nada por salvarnos.

- Claro que existe. Se alza detrás de las más altas cumbres, entre las nubes, más allá del horizonte por el que antes nacía el sol.

La discusión fue tan larga como inútil. Era totalmente imposible llegar a un acuerdo. Incluso los hombres más fuertes y veloces estaban dudosos o tenían miedo. Nadie quiso embarcarse en un viaje siniestro y peligroso en busca de un milagro incierto. Preferían encerrarse cobardemente en sus casas, lamentándose, esperando que la  negrura terminase de engullirlos de una vez por todas.

Pero aquel talante pesimista y temeroso no iba en absoluto con la joven Betelgeuse. Presente en la Asamblea, había escuchado con esmerada atención uno y cada uno de los argumentos cruzados en el debate. Todos tenían su pequeña parcela de razón y buen puñado de argumentos coherentes para defenderla. Pero no sabían qué hacer con ello salvo discutir. Y discutir era una pérdida de tiempo. Las palabras se las tragaba la noche, hasta el último eco se perdía transformándose en sombra. El día en el que todo terminase se acercaba, y merecía la pena intentar ponerle remedio.

Eso pensaba Betelgeuse mientras recogía sus cosas. No se sentaría en una esquina a esperar a que la noche se echase sobre ella hasta asfixiarla, mientras el frío le roía los huesos desde dentro. No. Saldría allá afuera y avanzaría, siempre hacia delante. Su viaje la llevaría a través de la tierra, del agua, del aire. Más allá de la línea donde el cielo y el suelo se acarician, hasta lugares que nadie pisó jamás.

Sus padres nada más supieron de su decisión intentaron disuadirla, pero su propósito era firme y tenía fe ciega en la necesidad de su marcha. Sabiendo que no atendería a razones, su padre decidió darle una daga ligera, fuerte y afilada. Protegería a Betelgeuse en los peligros del viaje. Consciente de que sus llantos no ablandarían a la voluntad resuelta, su madre decidió prepararle un pan muy especial: denso, nutritivo y reconstituyente. Se mantendría fresco y rico aunque pasasen muchos días, y así, alimentaría a Betelgeuse durante las escaseces del viaje. De este modo provista, la joven echó a caminar a través de la oscuridad sin fin. Sus únicas fuentes de luz eran una lámpara de aceite y un mechero. Pero no necesitaba más. Su camino no era difícil de adivinar; bastaba con perseguir el viejo trazado que dibujaron en el pasado los rayos de un sol que ya no estaba allí.

Día tras día, el cansancio y el hambre iban haciendo mella en su cuerpo. Pero el ánimo de Betelgeuse se mantuvo inquebrantable. Atravesó bosques, vadeó ríos y escaló montañas. Sólo disminuyó su ritmo infatigable una noche especialmente cruda de tormenta, en la que parecía que todos los elementos se hubiesen puesto en pie de guerra para detenerla. Trastabilló, dio tumbos torpemente, levantándose una vez tras otra.

- Ven conmigo – oyó una voz –. Te daré cobijo por esta noche. No tienes nada que temer.

Betelgeuse avanzó a tientas tras el extraño. No tardaron en llegar al cobijo de una pequeña y acogedora cabaña. En la chimenea, el fuego se avivó con la nueva leña y la joven pudo ver a un hombre grande y robusto. Pero a pesar de su vigor, su mirada estaba marchita y vacía. Como la de muchos, su esperanza había desaparecido junto con el último rayo de luz.

- He oído hablar de ti. La muchacha en busca del Palacio del Padre de todos los Vientos. ¿Crees que de verdad existe? Yo no sé qué pensar… he oído tantas historias. Tal vez sean ciertas. Si es así, deberás atravesar las montañas, avanzando siempre de cara al viento. Si tienes suerte la nieve hará que tu camino sea más claro y seguro. Al final de las montañas, llegarás a un acantilado profundo… tienes que sortearlo como sea. El lugar que buscas está al otro lado.

Y así lo hizo la muchacha a la mañana siguiente. Avanzó por las montañas, con muchas penas y dificultades porque el viento siempre soplaba contra ella, pero sin perder ni un momento. La nieve era fría a la piel, pero brillante y acogedora para unos ojos mucho tiempo perdidos en la oscuridad. Reflejaba con su iridiscencia helada hasta el más pequeño destello de luz. Y aquello reconfortaba a Betelgeuse, que cada vez se sentía más desamparadamente sola.

Pasaron siete días hasta que por fin encontró el acantilado que se abría frente a ella. Era ancho y muy escarpado, tan profundo que resultaba imposible divisar el fondo. No podría saltar ni bordear aquella grieta que abría una herida en la tierra hasta donde alcanzaba la vista. Se sentó a reflexionar. Debía encontrar la forma de llegar al otro lado…

Pero de pronto sus pensamientos se vieron interrumpidos por unos sollozos lastimeros y borrosos, que se abrían paso hasta ella entra las rocas. Betelgeuse se levantó y siguió la dirección de los quejidos hasta dar con dos pequeñas criaturas, frágiles y delgadas, que se lamentaban amargamente.

- ¡Mi hermana está enferma! – decía una – ¡Tenemos tanta hambre! ¡No nos quedan fuerzas ni tan siquiera para llegar a casa!

Betelgeuse se arrodilló junto a ellas y les dio el último mendrugo de pan que le quedaba. Fue más que suficiente para aquellas criaturillas flacas, que engulleron con avidez hasta la última migaja.

- Has sido muy buena y generosa. Dinos, ¿qué podemos hacer nosotras por ti?

- Ahora que ya no tenéis hambre, quiero que sigáis vuestro camino y regreséis a vuestro hogar. Yo he llegado demasiado lejos buscando el Palacio del Rey de los Cielos, y ahora sé que jamás lo alcanzaré. No tengo víveres ni fuerzas para continuar. Ni para regresar a casa. Su pongo que me sentaré aquí, con mi lámpara, a esperar hasta que la última luz desaparezca.

- ¡De eso nada! Nosotras somos Siroca y Lebeccia, vientos del sudeste y del suroeste. Podemos ayudarte a llegar al Palacio de nuestro padre. Pero para ello necesitarás alas. Nosotras te construiremos unas.

Y se pusieron manos a la obra, confeccionando en un momento las mejores y más hermosas alas artificiales jamás vistas. Ayudaron a Betelgeuse a sujetarse bien las correas sobre el pecho y le dijeron que atravesase el acantilado y siguiese volando en línea recta sin parar.

La muchacha tardó un poco en adaptarse a sus nuevos miembros mecánicos, pero poco a poco fue cogiendo altura y haciéndose con el control de las prótesis voladoras. Se despidió de sus dos nuevas amigas, que le había dado literalmente alas a su misión.

Voló, voló y voló hasta que, exhausta, se detuvo a descansar en una nube. Avanzar a tientas por el cielo resultaba mucho más difícil que hacerlo por la tierra. Además, la sensación de soledad era cada vez más desoladora… empezaba a dudar acerca de su rumbo cuando notó una menuda presencia aleteando a su alrededor. La primitiva ave de seis alas graznó con una voz aguda y sibilante:

- El camino correcto, tú lo sigues. Reponer fuerzas, lo necesitas. Las dos tinajas para ti son. Agua de frutas y gachas de nubes rojas.

La criatura voló y se posó junto a las dos vasijas de las que había hablado. Estaban repletas de las más extrañas y revitalizantes comidas y bebidas que Betelgeuse hubiese probado jamás. Alimento de dioses. Pensó con ternura en los pobres vientos, condenados a correr a ras de tierra y a tomas alimentos mundanos y vulgares.

- No dejes de volar. Hacia el este, donde el cielo clarea. Ya muy cerca. Rendirte no, no debes. Muy cerca.
Y entonces abrió sus alas y planeó. Betelgeuse la siguió, hacia el este, y no tardó en ver la claridad de la que hablaba. Era una luz proveniente del Palacio. Una construcción etérea e inverosímil se alzaba ante sus ojos, ingrávida y cristalina como el éter. Su compañero anunció la llegada de la muchacha y fue conducida hasta la Sala del Trono, espaciosa y brillante, de contornos desdibujados de niebla.

- Señor – musitó Betelgeuse cabizbaja –. Necesito su ayuda. Mi pueblo si muere. La vida en mi planeta se marchita sin luz ni calor… necesito hacérselos llegar…

Entonces el Rey de los Cielos, el Padre de todos los Vientos, habló:

- Ninguna criatura viva en este mundo es capaz de llevar la luz; es un milagro reservado a los cuerpos celestes. Sólo una estrella podría devolverle la luz a tu mundo.

Betelgeuse se arrodilló, suplicando por una solución. Había recorrido la Tierra y el Cielo y no podía volver con las manos vacías. Tal era su dolor que el Rey de los Cielos se apiadó de ella.

- Sólo hay un lugar lo suficientemente noble, bajo el pecho. Convertiré tu corazón en polvo de estrellas, pero no podrás volver a tu hogar. Detente sólo cuando hayas recorrido la mitad del camino, ni más cerca, ni más lejos. Si te acercas demasiado a los tuyos la nueva estrella nacería demasiado cerca de ellos y los abrasaría sin remedio. Debes pararte en el momento justo y sacar el corazón de tu pecho, pero ten cuidado. Si algo te pasase, su luz se apagaría junto con tu vida y todo tu viaje habría sido inútil.

- Sacar… mi corazón...

- Sí. Una vez lo hayas liberado, arderá en el cielo por siempre, dará luz y calor a todas las formas de vida que conoces y a otras que nunca llegarás a ver, presentes y futuras.

- Así sea. Que mi vida arda e ilumine para siempre los corazones de los demás.

La muchacha no tuvo miedo. Tampoco sintió dolor. Aunque no podía verlo, sí podía sentir la transformación bajo su pecho: su corazón era ahora más ligero y brillante. Se despidió apresuradamente y partió de nuevo hacia la tierra, dejando atrás las nubes. No había tiempo que perder. Cada instante de oscuridad, su mundo estaba un poco más frío, un poco más quieto. Un poco más muerto.

Con el viento a su favor, las alas no tardaron en llevarla al lugar adecuado. La mitad del camino entre su pueblo y el Palacio. Había llegado el momento, por fin se acababa su viaje. Un viaje largo y confuso, lleno de dificultades. Uno que nadie olvidaría jamás.

Sacó de su cinto la daga que tiempo atrás le había dado su padre. Le había llegado su turno. Llegó a pensar con amargo regocijo que aquella hoja, corta y ligera, era el filo más adecuado para volverlo contra uno mismo. Fue rápido y sencillo. Desgarrador o indoloro, ella nunca hubiese podido decirlo. Porque todos sus sentidos se vieron abrumadoramente sobrepasados por el refulgente haz que brotó de su pecho. En ese mismo instante, Betelgeuse supo que no moriría nunca, sino que viviría para siempre en un lugar privilegiado, como una de las estrellas más grandes del firmamento.

Pero no sólo eso. Cuentan que, con cada latido, el polvo de estrella se extendió también por la sangre de la muchacha, dándole la capacidad de brillar. Por ello, cada una de las gotas que cayó de su pecho ascendió también al cielo, salpicando toda la bóveda celeste de estrellas. Día o noche, el corazón y la sangre de Betelgeuse están ahí para iluminar a quien alza sus ojos al cielo. Y arderán por siempre, hasta el fin de los tiempos.


Por eso se dice que el Pueblo Sagrado, tocado con la luz de Betelgeuse, tiene aún hoy la sangre y el corazón de un color distinto. De un color sin igual, que no puede compararse con la linfa de ninguna otra criatura viva. Ni siquiera con otra tonalidad existente en el cosmos, dado que es viva, densa y ardiente como la lava, pero no es amarilla o roja en absoluto. Está más allá de lo que cualquier espectroscopio haya conocido, y si embargo se han hecho muchos símiles: unos lo comparan con el hielo, otros con el nácar. Añil, blanco, plata o irisado, ¿cómo definirlo con justicia? Si a mí se me preguntase… diría que es el azul con el que brillan las estrellas más poderosas del Universo.

3 comentarios:

  1. Joder, que historia más bonita...
    Para qué decir nada más.

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  2. Es una historia preciosa, me ha encantado ^^

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  3. Muchas gracias. Es mi versión del cuento de la madre de TaoTao de la zebra-nube =3

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