martes, 3 de junio de 2014

Mar: la cala

sunset


El día había sido gris y húmedo, como lo eran casi todos en aquel pequeño pueblo pesquero de Escocia. Tras horas de lluvia fina, el sol se había asomado tímidamente a la última hora de la tarde, arrancándole destellos a un mundo que lo reflejaba como un espejo. Sobre todo el mar.

Blancanieves lo observaba lánguidamente, sentada en el balcón de proa del Apfelchen, acodada en la barandilla, con la barbilla descansando sobre los brazos cruzados. La piel fina de sus pies blancos que colgaban sobre el agua se teñía de un rubor cobrizo con los últimos rayos de un sol a punto de ponerse.

Había salido a dar una vuelta cerca de la costa, parándose a descansar al abrigo de una pequeña cala. Probablemente se quedaría allí a pasar la noche. El puerto y esos malditos escoceses la ponían nerviosa. Todas las cosas raras que habían pasado esos días… sumadas a la angustiosa sensación de que alguien la observaba. Constantemente creía sus movimientos seguidos por unos ojos invisibles que acechaban desde todas partes: tras las ventanas, entre las rocas, bajo el agua… sentía una creciente presión sobre el pecho que la empujaba a marcharse. A marcharse muy lejos de allí.

Ardía en deseos de cruzar el Mar del Norte para volver a casa. O quizás podía embarcarse en un viaje mucho más ambicioso, rodear África y atravesar Indonesia hasta China, hasta Japón. Echaba de menos el este de Asia con sus orondos dioses dorados, sus templos picudos y sus extrañas tradiciones, delicadas a la vez que brutales. Había conocido todo aquello algunos años atrás y había quedado fascinada por su belleza, enamorada hasta la médula de los árboles rosas, los fideos con algas… y las dulcemente inquietantes carpas doradas. Con sus ojos saltones, sus colas infinitas y sus formas imposibles. Un auténtico alarde de los logros de la selección artificial. Tanto le fascinaron, que no quiso abandonar Japón sin llevarse, al menos, un par de ellas.

Aún recordaba las manos de la joven que se las dio: finas, pequeñas y rápidas. Hacer tatuajes era una disciplina marginal casi exclusivamente reservada a los hombres, y por ello era extremadamente raro encontrar a una artista como aquella que dibujó su cuerpo clavando con maestría una aguja que mojaba en tintas de dolor.

Estaban en una habitación sobria y espaciosa, cerrada con puertas correderas de papel. Había tenido que mover muchos contactos para llegar, y allí permaneció durante muchas horas sumergida entre volutas con olor a incienso y sangre.

De eso hacía ya mucho tiempo. Y más tendría que pasar hasta que pudiese volver… pero cada instante estaba más cerca. Ya sólo quedaban dos lunas. Dos lunas y, si ese borracho estúpido no aparecía con el resto del dinero, se marcharía muy, muy lejos.

A casa. O más allá.