lunes, 26 de mayo de 2014

El puerto, ese lugar extraño...

Corpulento, malcarado y renqueante. Así era el hombre que aquella mañana se detuvo ante el Apfelchen, el pequeño velero de Blancanieves. Odbal estaba tumbado en la bañera de popa, sobre la piel que unos días antes había encontrado al borde de la ría, orgulloso como un general con un trofeo de guerra. Mientras tanto, Blancanieves repasaba los cabos y ni siquiera notó la presencia de aquel tipo que se había detenido, casi sin respiración, delante de su perro.

- ¿Cuánto? – preguntó – ¿Cuánto quiere por eso?

Un resoplido de fastidio escapó de los pulmones de ella al verse obligada a levantar la cabeza para atender a la impertinente pregunta. Le costó unos segundos asimilar la escena: el viejo marinero borracho señalando al animal; Odbal devolviéndole la mirada fijamente, enseñando los dientes… y aquella estúpida cuestión flotando en el aire salobre. Tan estúpida y molesta como el graznido de las gaviotas, pensó.

- No está a la venta.

Su perro era sagrado, habían pasado por un montón de cosas juntos, y la simple duda le resultaba ofensiva. Pero no era algo que el molesto individuo pareciese notar. O, si lo notaba, no le importaba lo más mínimo. Porque siguió y siguió insistiendo. Testó su paciencia con dinero, con súplicas, con palabras amables y con palabras rudas…

A punto estaba Blancanieves de desenfundar sus tijeras cuando comprendió algo estúpido y desconcertante: el hombre no estaba interesado en el fiel e inteligente Odbal, sino en aquel pellejo sucio y apestoso que aquél protegía como un tesoro. El perro lo había sabido desde un principio y era por eso que lucía el lomo erizado, el hocico contraído y aquel grave gruñido de advertencia. Nadia podía dudar del cariño que le había cogido a aquel despojo y, aunque a Blancanieves le daba cierto asco, no estaba dispuesta a separarlos.

- Diez coronas de oro. – subió su oferta el marinero.
- ¿Qué?
- Está bien, está bien… - los dedos regordetes y torpes manosearon el cinturón hasta descolgar de él una bolsa de cuero – diez, quince, veinte… unos, dos, tres… ¡veinticuatro coronas de oro por el pellejo!

La muchacha frunció el ceño, incrédula y divertida. Veinticuatro coronas de oro por un pellejo sucio, viejo y babeado era algo totalmente desmesurado. Pensó que aquel pobre marino había perdido el juicio y la situación dibujó en sus labios una sonrisa de picardía. Sus ojos brillaron con una luz codiciosa.

- Cincuenta coronas de oro y el pellejo es tuyo.

Sabía que su contraoferta era, ciertamente, descabellada. Sólo la había dejado en el aire con la intención de atormentar un poco al hombre y de hacerlo dar media vuelta sobre sus pasos. Y parecía que iba a conseguirlo, porque el pobre diablo agachó la cabeza consternado y empezó a ir de un lado a otro mientras farfullaba maldiciones en su lengua materna. Lógicamente, rechazaría tal insultante solicitud de dinero y rechazaría el trato. Aunque si aceptaba… no era posible, pero si aceptaba… ¡bien podía Odbal buscarse otro juguete! Ella misma le compraría uno: nuevo, bonito, caro. Y un poco de cerdo cocido para que se le pasase el disgusto y pudiese perdonarla por separarlo de su premio.

- Trato hecho.

El gesto burlón de ella dio paso a uno más grave e incrédulo.

- Ahora mismo sólo tengo las veinticuatro… ¡pero conseguiré el resto antes de una semana, lo prometo! – el tipo se acercaba para estrecharle la mano y, una vez cerrado el trato, le dejó el oro prometido. Y se largó por donde había venido. Rápido, henchido, canturreando.

Blancanieves se volvió hacia Odbal con cierto remordimiento. Y le susurró:

- Qué tendrá ese pedazo de basura que os vuelve locos a todos.


*** *** *** *** *** *** *** *** *** *** *** ***



Mueve mi madre
esta mi cuna.
El mar da miedo,
quiero laguna.
[…]
La niña duerme.
Lecho de red.
Frágiles hálitos.
Boca de pez.

Luciano Castañón


La noche estaba revuelta, lo suficiente como para darle problemas a algún pobre pescador más allá del rompeolas. Eso suponiendo que alguno se hubiese atrevido a salir a faenar.

En el puerto, las cosas estaban relativamente tranquilas. Blancanieves dormía plácidamente en el vientre del Apfelchen, que se mecía, rudo y rítmico, como si de una cuna acuática gigante se tratara. El susurro de la lluvia fina y el repicar de algunas drizas chocando contra sus mástiles, arrullaban a su alrededor una dulce nana marinera.

Y de pronto el perro se volvió loco. Lo oyó subir hasta la delfinera como un relámpago, aullando. Lo oyó revolverse, gemir y ladrar como nunca… parecía un alma en pena debatiéndose entre la rabia y el horror. Blancanieves se despertó y contuvo la respiración con los ojos abiertos como platos en medio de la oscuridad, tratando de oír. No podía apreciar nada más allá de los ladridos y la tormenta. Quizás Odbal había detectado a algún visitante no deseado. ¿Sería aquél insidioso marinero con el resto su apestoso dinero? Debía estar loco para adentrarse por los pantalanes oscuros y resbaladizos. O quizás tenía mucha prisa… sí, definitivamente podría tratarse de eso. Que tenía prisa resultaba evidente. Maldito zumbado.

Casi estaba de nuevo dormida, sumida en sus maldiciones cuando lo oyó. Un golpe seco y pesado que hizo que al instante todo su cuerpo se tensase con una inyección de adrenalina. Lo había escuchado muy cerca de ella, insultantemente cerca… y, sin embargo, lo que realmente le helaba sangre, es que venía de debajo del casco. Algo se estaba cercando a su barco. Y no venía del maldito muelle… sino de las aguas revueltas. Otro golpe, esta vez cerca de la línea de flotación, a estribor. Fuera lo que fuese, parecía estar acercándose a la superficie. Cerró su mano sobre la empuñadura del pequeño cuchillo curvo que acostumbraba a guardar bajo la almohada. Y salió preparada para matar, sin parar a coger nada más. Sin mirar atrás.

Los chirridos de la madera de las escaleras bajo sus pies descalzos fueron engullidos por el fragor de exterior, donde el perro redoblaba sus esfuerzos en medio de una lluvia que era cada vez más densa. Apenas podía ver nada, de modo que se agazapó asiéndose con fuerza a uno de los salientes junto a la escotilla e intentó guardar silencio, concentrándose de nuevo en escuchar. Pero no le sirvió de nada. Porque no lo oyó subir.

Fue Odbal quien la hizo notar que la criatura estaba cerca. Bajó a la cabina de un salto y empezó a rodar por el suelo de un lado a otro, con el lomo encogido y el rabo entra las patas.
Aguzó la vista concentrándose en la esquina de la que había venido el perro. Y no lo culpó por tener miedo.

Unas manos desnudas arañaban la superficie y se aferraban a la regala, dando paso a una forma oscura y acuosa que se aupaba desde el mar, deslizándose sobre uno de los pasillos laterales. Blancanieves estaba aterrada, más paralizada e inútil que un madero a la deriva. Tuvo que hacer un acopio considerable de fuerza para empujar su cuerpo hacia adelante, consiguiendo gatear hacia la mancha hirsuta y viscosa y cada vez podía ver más nítida. Un cuerpo peludo, brillante y negro como el petróleo, coronado por una cabellera nívea y enmarañada. Su cerebro procesaba todo cuanto percibía, haciendo una lista sorprendentemente rápida de todas aquellas aberraciones marinas que conocía que pudiesen coincidir con la asquerosa criatura que tenía delante. Un maldito dodecaópodo venenoso, una anguila engullidora gigante o un gusano abisal de cien anillos… todos ellos revulsivos y mortíferos, pero no lo suficientemente pequeños o ágiles para subirse a un velero atracado en las aguas poco profundas de un puerto.

Ya casi estaba a su alcance. Percibía claramente el hedor salobre de la criatura que deambulaba de un lado a otro de la cubierta, clavando sus ojillos brillantes como ascuas por la superficie del barco. Como si buscase algo…

No tuvo tiempo de reaccionar. Todo pasó demasiado deprisa. Odbal había decidido súbitamente seguir el ejemplo de su ama y, en un arranque de kamikaze valentía, se había arrojado contra el intruso, arrojándolo por la borda. Y por poco se fue él detrás… Blancanieves había estirado el brazo justo en el  último momento, agarrándolo firmemente por la cola. El perro protestó con un aullido que le obligó a liberar al enemigo que se retorcía entre sus fauces.

- Ya… ya pasó todo, Odbal – Blancanieves abrazaba al perro contra sí, tratando de darle consuelo entre sus manos temblorosas. Lo que quiera que fuese aquella cosa, ya no estaba.


De vuelta en el camarote encendió una pequeña lámpara de aceite y se puso ropa seca después de secar el lomo de Odbal. No volvieron a pegar ojo en toda la noche, aunque tampoco sintieron nada extraño… pero algo raro, sin duda, sucedía en ese puerto.


rain