domingo, 6 de abril de 2014

Una vez, en un sueño...





-Canta para mí, Jae...
Ella tenía una voz preciosa, diferente de todas las demás. Había armonía en ella, una cadencia suave que hacía que cuando la escuchabas... todo dejase de tener importancia.
Aquella voz se había convertido en su droga, consiguiendo hacer a un lado las demás.
Paseó los dedos por las cuerdas de la guitarra, y ella lo complació siguiendo la melodía. Cantando para él.
Porque en aquel instante... sería sólo suya.
Acomodó la cabeza sobre su vientre y ella le acarició el cabello, y le pareció que podría vivir así para siempre.
Pero nada es para siempre. No para él, al menos.
No para ellos...
Y por eso... por eso se sintió el tío más afortunado del mundo en ése jodido instante.
Porque en aquel instante... era sólo suya.


-¿Te has dormido?
Abrió los ojos y se encontró con los de ella, de ése gris pálido, brillantes, cómo si su interior albergase una estrella. Rasgados y atentos, reflejaban la sonrisa que veía en aquellos labios carnosos.
Estiró la mano para hacer a un lado un azulado rizo rebelde, y ella la cogió entre las suyas, besándole la palma y llevándola hasta su mejilla.
-Te has dormido... -repitió, ésta vez sin dudarlo.
-Sólo un poco. -le dijo devolviéndole la sonrisa.
Dejó la vieja guitarra en el suelo y se incorporó para tenerla aún más cerca.
Y sus manos se perdieron bajo la calidez del pijama de algodón que ella llevaba, acariciando ésa delicada piel, extrayendo acordes, ésta vez, de aquel cuerpo de generosas curvas.
Porque tocarla era... como tocar una estrella.
Sí, maldita sea, era el tío más afortunado del mundo.
-Canta para mí, Jae... -susurró besándola en el cuello.
 -Rischa... -suspiró ella contra su pelo.
Y dejó que, una vez más, su voz lo arrastrase todo.


***


Se había dormido. Pero cuando despertó y la buscó a su lado ella ya no estaba. Se había esfumado con los restos de aquel sueño y su cama estaba tan vacía cómo lo estaba siempre. Tan vacía cómo se sentía él en aquel momento.
Su cuerpo en cambio parecía no darse cuenta de la ausencia, y eso lo cabreó. Porque habían pasado años y aún soñaba con ella... Habían pasado años... y aún se la ponía dura.
Joder.

Se levantó con la intención de terminarse la botella pero, al parecer, era algo que ya hizo por la noche.
El repentino mareo lo confirmó, obligándolo a sentarse en la cama de nuevo.
Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza en sus manos. Le dolía de cojones. Putos brebajes caseros.

-Mierda... -gimió.
Se vistió y recorrió los pasillos desiertos en busca de Azafrán.
Se detuvo frente a uno de los enormes ventanales, a través del cual se veía el espacio.
El espacio... 
Un lugar frío y mortal, pero hermoso. Contempló las constelaciones, completamente desconocidas para él, repletas de polvo cósmico. La nebulosa que quedaba a la vista, brillante y anaranjada... Recordó lo que le había explicado Azafrán sobre las nebulosas, que semejante maravilla estaba compuesta por gases y restos de estrellas extintas. Aunque también, en ocasiones, eran los lugares dónde éstas nacían...
Ella lo había llamado vertedero. Gigantesco montón de mierda interestelar, en realidad. Azafrán tenía el puñetero don de la palabra, sin lugar a dudas.
Y aquel momento lo hizo sonreír, y también acelerar el paso de camino a la cabina de control, dónde la encontró inclinada sobre las cartas de navegación.

-Aza...
Azafrán alzó la vista un segundo, cómo queriendo confirmar que se trataba del único tripulante a parte de ella en la nave, y volvió a sumergirse de lleno en lo que tenía entre manos.
-Te has levantado... bien. Pensaba que tendría que ir a sacarte de la cama con una patada en el culo...
-Aza, necesito ir... allí.
Levantó de nuevo la cabeza y lo atravesó con sus ojos verdes. Por una milésima de segundo pudo ver a través de ésa coraza malhumorada. Pudo ver únicamente porque llevaban cinco años viviendo juntos, semi encerrados en aquel montón de chat... en el Flying.
Pero sólo duró una milésima de segundo. Una milésima de segundo y la coraza volvió a colocarse en su lugar. Lo vio en esos ojos verdes.
-Joder... ¿ya ha pasado un año?
-Sí. -respondió lacónico.
-Está bien, supongo... -se pasó la mano por el pelo, colocándose la anaranjada melena en su sitio -Tenemos trabajo, pero no es urgente y nos cae... más o menos de paso.
Dejó la mesa y se acercó a él.
-Gracias.
-No me las des, odio cuándo te pones moñas...
-Genial, Azafrán, porque yo también me odio cuándo me pongo moñas -dijo entre dientes.
Azafrán pasó de largo en dirección al puente de mando, pero lo pensó mejor y volvió sobre sus pasos, deteniéndose, dejando la cara a escasos centímetros de la suya. Podía ver el millón de pecas con claridad, salpicadas al azar. Y aquellas cejas perfectas, una alzada ahora mientras lo escudriñaba. 
-Rischa... ¿has estado bebiendo solo? -preguntó arrugando la nariz. Él se encogió de hombros por toda respuesta y ella negó con la cabeza poniendo los ojos en blanco -Maldita sea... realmente, odio cuándo te pones moñas.
Y siguió su camino tras golpearle la cabeza con la mano sin piedad.
-¡Au!
-¿Duele eh? -Azafrán se giró un poco, lo suficiente para dejarle ver esa sonrisa que no trataba de ocultar -Pues jódete, Rischa. JO-DE-TE.


***


Dos días más tarde estaba allí, en aquella pequeña luna cercana al planeta dónde se conocieron.
Caminaba entre los helechos, tratando de apartar las ramas que crecían salvajes impidiéndole el paso. Y un poco más adelante el sendero se abrió, dejando a la vista las hileras de lápidas de piedra, semidevoradas todas ellas por la naturaleza, en las cuales el húmedo musgo arraigaba sin contemplaciones.
Era un lugar solitario, apartado de todo.
Solitario cómo lo es la propia muerte.

Y no tardó en encontrarla, pues había estado en otras ocasiones. Una vez al año, desde que la perdió.
Quitó la maleza que empezaba ya a apoderarse de ella y deslizó las yemas de los dedos sobre su nombre.

Jae Hwa

Lo pronunció en voz alta, para no olvidar cómo sonaba. Nunca lo hacía, salvo allí.
Porque uno no pronuncia en voz alta los nombres de los muertos...

Se sentó en el suelo y encendió un cigarrillo, dándole una larga calada.
Y recordó.
Recordó sus ojos, de ése gris pálido, brillantes, cómo si su interior albergase una estrella.
Los carnosos labios y sus manos bajo el pijama de algodón. La calidez de su cuerpo, de generosas curvas. Su risa, y cómo fruncía el ceño cuándo se enfadaba. Aquel pelo rubio y azulado, y sus ágiles y delicados dedos.
Recordó su voz... y todo dejó de tener importancia.

La muerte es algo definitivo, y no se escoge.
Es el camino solitario por el que nadie puede acompañarte.
Y no se escoge.

Pero sin embargo, ella había escogido...


***


Regresó cómo un perro regresa cuando se escapa. Triste, sucio y hambriento.
Se sentó a la mesa tras servirse de la escasa bazofia que les quedaba. Raciones liofilizadas y sopa de sobre. Por poco tiempo, puesto que harían una parada en un planeta civilizado en un par de días más. Tres a lo sumo.
Estaba silencioso y taciturno, como siempre que volvía.
Hundido, cómo quien arrastra una pena inconmensurable.
Apaleado de puertas para adentro.

Recordó el día que lo subió a bordo.
Definitivamente habían avanzado.

-¿Has terminado ya con toda esa mierda? -le preguntó.
-Sí. -le daba vueltas a la sopa, sin ganas. Sin mirarla siquiera.
-Bien, porque me muero por largarme de aquí de una jodida vez. Antes de que nos empiecen a entrar tentaciones de saltar al puto espacio. -añadió.
-Claro, porque nadie querría que saltases al espacio, Aza... -Rischa esbozó una sonrisa cansada, llena de ése derrotismo en el que le encantaba revolcarse. Una vez al año, al menos. Ahora una sola vez al año...

Definitivamente, habían avanzado.

Sacó la botella que tenía guardada y la abrió, llenando dos vasos bajo su sorprendida y atenta mirada.
-Mierda, Rischa, ya sabes que detesto que bebas solo...
Él cogió el vaso y lo alzó a modo de saludo, vaciándolo de un trago.
Y ella lo imitó.

Sí, en unos días volvería a ser el de siempre.

El tío divertido que le miraba el culo cuándo pensaba que no se daba cuenta.



Texto escrito por deVice.