martes, 30 de abril de 2013

Humana

Tengo uno de esos días de pulso ebrio, dedos torpes y cabeza espesa. Estoy nervioso y abro la nevera deprisa, lo que hace que un vaso lleno de una vieja disolución de sacarosa deje caer un denso chorro al suelo.
Todo me sale mal. Debería estarme sentado y quieto, sin hacer nada. Pero antes he de limpiar el suelo. Preparo la fregona, pero para cuando llego con ella no calculo bien la distancia. La sacarosa se ha extendido, resbaladiza y pegajosa, por las baldosas. No me doy cuenta hasta que la piso, resbalo, mi cuerpo entero se balancea hacia delante, cae hacia atrás. Un dolor fuerte y punzante en la rabadilla. Y entonces sucede el milagro.
Llega hasta mí alta, limpia y clara. Es una carcajada. Me incorporo sin dar crédito. Pero allí está, como de costumbre, asomada al exterior, con los brazos cruzados sobre el borde de la piscina. Riendo. No ha duda de que ríe con mi desmañada cadena de accidentes. Con mi traspiés.
El humor más elemental que comparte la especie humana desde que el hombre el hombre: el gag de “golpe y porrazo”. Ella es partícipe de la diversión. Sus grandes y profundos ojos acuosos se contraen hasta convertirse en dos pequeños cuartos menguantes de color turquesa. El gesto burlón deja al descubierto sus dientes blancos, afilados y rasposos. Como si fuese una chiquilla cualquiera regocijándose de una broma pesada.
Por primera vez tengo una respuesta para Claudine. Donau, la sirena… mi sirena es una  criatura preciosa. Y su risa es la más hermosa del mundo.


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Retomo por fin el Scene20 después de siglos de despropósitos, y lo hago con el momento en el que Herbert termina de convencerse del todo de que Donau es una criatura social e inteligente, prácticamente humana. Claudine es la hija de la dueña del hostal en el se hospeda. La niña la primera vez que le vio, como es lógico, lo primero que le pregunto fue: "¿La sirena es guapa?". Y Herbert no supo qué decirle a la pobre pequeña...